"Cuando uno escribe, se está
siempre al borde del fracaso,
sin saber si uno terminará por sucumbir
a él,
la incapacidad de hallar una forma que exprese
la sensación inicial"
Natalie Sarraute
I-
La
voz de una mujer se filtra por la rejilla de ventilación del monoambiente donde
vive Lila. Se le mete entre las piernas bronceadas como si fuera una lengua
trapo mojado arrastrándose por su piel, subiendo morosa, dejando instantes de
agua a su paso hasta llegar a la entrepierna que se le moja imprudente
provocándole un estremecimiento. Esa voz le dobla la espalda. La espanta, le
tuerce la boca en un gesto confuso, a medias dolor, a medias placer. Voz que
tiembla y hace eco emergiendo de la oscuridad. Palabra tras palabra inunda el
lugar y en este atardecer enciende luces verde neón, mientras los gemidos se
van colgando del techo, de las paredes, buscan la ventana para escapar. Un
soplido de viento caliente agita las sombras en el final del verano. Voz y
sombras arman un baile dislocado, macabro. Se respira la tristeza, la congoja
de ese corazón que habla. No hace falta verle la cara, saber su nombre, la voz
pinta a la mujer de cuerpo entero. Puede ser joven o vieja, alta o flaca, gorda
o no, pero es, sin dudas, una mujer triste. Por momentos hipa como si llorara
bajito. Suspira largamente.
Lila escribe mientras la voz la penetra.
Se la ve afanarse sobre el papel, enderezar la espalda, volverla a doblar
apretando fuerte sus piernas mojadas y su mano derecha frenética va de sus
muslos calientes a las hojas gloria rayadas, las acomoda, busca la birome y se la
lleva a la boca, la chupa infantil, larga el aire y mira el techo como si allí
estuviera la salvación. Se levanta de la silla y va a la ventana, mientras la
voz persiste, parece una canilla que gotea inclemente sobre un trapo abandonado
en la pileta chas... chas... chas... ¿Es eso lo que mueve a Lila? ¿Cómo
saberlo? Quién sabe lo que pasa en la cabeza de la gente. Un mismo gesto puede
responder a tantas y diferentes cosas.
Lila está preocupada por su novela. No logra
avanzar. Cuestión añosa que la perturba. ¿Será eso lo que escribe? Los bollos
de papel en el suelo, sus movimientos, el ir y venir de la ventana a la mesa,
al baño. Flaca, despeinada, descalza y con una camisa blanca desprendida que
apenas le tapa la cola. El ventilador de techo gira lento. Otra clase de viento,
otro suspirar. Y esa voz cavernosa, extramuros, que todo lo pinta -o despinta, según se mire.
Vivir en un edificio de esta metrópolis es considerar la existencia de un
montón de historias apiladas, pegadas, que se mezclan en sus ruidos o palabras
atravesando los tabiques finos. Ensalada rusa. Mercado persa. El collage que Berni
evitó pintar.
Todo parece amorfo, sin forma humana. Cómo
hubiera podido pintarlo si en esta masa de gente reina la confusión, nada se
distingue, como un gran poliedro de plastimasa de todos los colores bien
mezclados, apretados. Así aparecen los grises o los colores innombrables. ¿Cómo
nombrar un color que es medio rojo y medio verde, pero no es más rojo o más
verde? Rojiverde no alcanza para denominar la confusión. Si se lo piensa bien,
la palabra confusión es por sí misma amorfa. Sirve para todo y no dice nada.
Eso es estar confundido. No saber que carajos pasa. Y la angustia es una pulpa
sanguinolenta con vida propia quitando el aire, provocando gemidos.
Hay una insistencia en esta voz de la
rejilla que le vuela la cabeza. ¿Quién será? ¿Nunca va a parar? Lila no sabe
qué hacer. Tomarla o dejarla. Toda pregunta tiene su respuesta. Esa voz ocupa
mucho espacio. Es como un elefante en un bazar... ¡Ja! Qué linda manera de hablar
de lindas cosas rotas. Porque para ella un bazar es un lugar lleno de copas finas
de cristal que nunca podrá comprar, arañas con caireles, y no sabe cuántas
piezas de porcelana japonesa. Le da mucha risa pensar en un elefante rosado
inmenso. Una pata para adelante y ¡plaf! el juego de té, carísimo, echo pelota
en el piso. Otro paso del elefante y ¡crash! un montón de copas de cristal
convertidas en montañita brillosa.
Pero no, no es para reír, porque el
bazar es su cabeza y su corazón. Y esta mujer loca se ha metido tanto en ella
que le cambió la letra. Y ahora Lila,
tan loca como aquella, está hablando sola. Al menos la otra habla con
alguien... ¿Habla con alguien? Esa voz sencilla que se mete como un trueno en medio
de la noche silenciosa la asusta. Le recuerda a su madre. Su madre no gritaba,
pero Lila temblaba de miedo mientras apretaba sus piernas para que no se notara
el hilito de agua amarilla que no podía controlar. Su madre era como la reina
de Alicia en el país de las maravillas. Le viene la idea del trono con una reina
clavada con alfileres. ¡Tiene que ponerla en la novela! Lila tiene la oreja pinchada
por las palabras de la otra mujer, palabras que son como alfileres con
cabecitas de colores que la enloquecen.
“Las ciudades son estrechas, pero
también lo son las mentes. Superstición y peste. Pero ahora decimos: esto es
así, más no permanecerá así. Pues todo se mueve, amigo mío” dice -de pronto- la
desconocida desde su escondite. La cabeza de Lila cae nuevamente entre sus
manos, se tapa las orejas. ¿Quién es la dueña de la voz?