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miércoles, 29 de junio de 2016

Cuento de Vicente

Acá un tango

Julián
So, to punish it, she held it up to the Looking-glass, that it might see how sulky it was— ‘and if you’re not good directly,’ she added, ‘I’ll put you through into Looking-glass House.”
Through the Looking-Glass, Lewis Carroll
¿Retener…?

 Julián veía una mosca golpeándose contra la puerta transpirada de la heladera. Las personas en frente suyo, una de cada lado, resaltaban el fondo nítido. La pregunta había aparecido del mismo modo en que las cosas parecían desenvolverse en aquel verano: sin quererlo. Cualquier acción o movimiento (el de sus manos, por ejemplo) debía desperezarse y partir como quién recién se levanta y va a trabajar.
¿Retener?
Julián sintió un leve descolocamiento en el ambiente, como cuando uno de pronto se vuelve consciente de un ruido de fondo –el televisor, en este caso-. Pero él notó, en esas muecas deformadas por el calor –invariable, denso, como si un pantano se hubiera sentado de lo más holgado en la ciudad- el reproche natural, si se quiere, hacia las manos que reposaban estiradas a lo largo del paquete de arroz. Hubo una risa nerviosa, una frase interrumpida, la sensación desagradable de las manos húmedas rozando el plástico de las bolsas y el vaho tórrido que entró por un momento, tocando la campana como si él también fuese bienvenido.
La factura permaneció en el mostrador. La mancha de agua que la cerveza había dejado ensombrecía el papel que escribía: “Kiosco Julián”. Quieto, tardó en comprender que estaba al revés.
El dueño surgió de los escaparates arrastrando su cuerpo entero. Se fue acomodando a su lado sin quitar los ojos del partido. Julián iba siendo desplazado por lo que el creyó un orbe jadeante, pesado. Estrujó el papel entre sus dedos y se lo acercó exageradamente.
Les cobraste mal, carraspeó. El dueño se cacheteó un brazo. ¿Cómo…? Que les cobraste mal, ¿ves? La palma de su mano resonó contra su cabeza pelada. El zumbido de la mosca y su piel pringosa tenían algo tanto oscuro como familiar. Retener…
El papel, arrugado, mojado, colgaba de los dedos flacos. Ah, sí. Les cobré de más. Sí, les cobraste de más. Del olvido parecían venir los enviones que terminaban contra aquel planeta. ¿Sabés qué? Esta vez está bien, pero no quiero –tosió-, no quiero volver a tener que… El dueño miró en la palma de su mano la mosca estallada. Se limpió en la camisa entreabierta, a la altura del pecho, mientras seguía hablando. ¿Está bien? Si te tengo que volver a decir algo o si estás eh, papando moscas, voy a tener que ver qué hago con vos. Bueno, bueno.
La campana trajo al vaho, contento de entrar, seguido de un agrio olor a tabaco viejo. El jefe había desaparecido por los senderos de sus estantes.
El hombre –obviamente borracho- llevaba puesto algo como un sobretodo. Julián después precisó que lo agrio era olor a meo, o de días de suciedad.
¡Retener!
El borracho se bamboleaba a lo largo del camino –sin los conocimientos baquianos del dueño parecía estar perdido-. Julián se impacientaba. Buenasss… se alargó hasta que un hipo o eructo lo dejó en seco.
Sí. Dame 3…ehm. No tenía barba larga, aunque sí estaba mal afeitado. El pelo negro engrasado, los ojos claros, la nariz un poco torcida a la derecha, un gesto (cuando la borrachera no se lo arrebataba) a veces amable, un jean roto, una remera antes blanca, el sobretodo gastado, gris y ojotas. Se quedó inclinado hacia atrás. Esperá. Sísí…
Caminaba como si en realidad fuese un tallo movido por un viento indeciso. Julián daba pasos en su mismo lugar y apretaba los dientes sin darse cuenta. Claramente se dirigía donde estaban las botellas; éstas, apiladas de a cientos, miraban, rígidas. Julián las imaginó como una torre de cartas.
El ebrio, siempre inclinado hacia atrás, devaneaba por la bizantina cuestión sudando la gota gorda. Largaba barruntos eh… en voz alta, y parecía querer apoyarse contra los condimentos para poder pensar mejor.
Para tranquilidad de Julián, el hombre se decidió por una botella de ginebra Bols (vale decir, a mano). Su expresión era tanto de acierto como de propia congratulación. Ahora se palmea la espalda, rio Julián.
Violentísimo el choque contra la puerta de vidrio. Julián sólo vio un fragmento de la paloma volando, descoyuntada, en la dirección contraria. Miraba extrañado el vidrio intacto, hasta que giró la cabeza –los ojos bien abiertos- para encontrar al borracho recuperándose del susto, levantado los hombros con una sonrisa autoindulgente mientras chapoteaba en la ginebra. La cabeza yerma del dueño se asomó entre la espesura, mirándolo fijamente, acaso pensando ¿a éste lo conocés vos?
¡RE-TE-NER!
El jefe se ya acercaba a pedir explicaciones, a castigar por lo bajo hasta que el otro se fuese, pero la amenaza quedó en el aire cuando Julián lo flanqueó, con una cara que él no supo entender. Voy al baño, había casi susurrado. Mientras, el borracho balbuceaba algún que otro delirio y pisaba los vidrios rotos.
Meó largamente. Repasó los baldes con agua vieja, la escobilla, los productos azules, rosas, naranjas y verdes fulgurantes bajo la penumbrosa luz, las cucarachas muertas en el pasado –sus patas saludando en varias direcciones-, alguna polilla polvorosa, con una detenida, amplia mirada. Recordó la tapa de la alcantarilla desbordada frente al kiosco y no supo si era una salida u otra entrada.
Se escuchó tirar la cadena, cerrar la bragueta y abrir la canilla. Se extrañó del hombre que lo miraba fijamente, empapado hasta la sien. (La escoba se endureció cuando se sintió tomada. Qué molesto resultaba golpearse contra las cosas, contra el marco de la puerta).

Cuento de Vicente

El sueño del gato o el pueblo de los atlantes


Dicen que en la lidia persa, allí en los confines del sur, moraban los atlantes al pie del atlas; esto es, meseta alta y habida por los habitantes como el pilar del firmamento. Si bien la cumbre nebulosa es, en efecto, magnánima, no menos asombrosas son las costumbres de tales hombres. Éstos no consumen cosa animada ni tienen sueños. Quien halle en su fuero creerlo o no, enhorabuena esté con ello. Yo, por mi parte, no puedo más que disentir, pues ¿qué define al hombre sino el sueño? Faltan a la verdad quienes adjudican la aquiescencia –supuesta- al habla. Yo, que en la vigilia material muevo mullidas las redes del frenesí bajo el ojo opresor del sol, ora bajo la condescendencia inicua de la luna, sometiendo al vecino poco justo, tomando a la hembra apartada o a quien por oscuras razones se entrega, yo, Astro trémulo y candoroso, al encontrar la ventana parpadeante, reconocer el aposento del hombre honroso, como los etíopes de larga vida, como la carne y bebo la leche que en la mesa aguardan (costumbre mal habida por hombres y dioses, pero así lo haré hasta que el tajo escita de la doxa y de la muerte me arranque de esta vida como el labrador a la raíz prendida) para luego, B., dormir y crecer.
Allí despierto con el gusto ferroso de la sangre, con los cueros ceñidos a mi piel, a mi pelo, cueros de aquellos violados, heridos o muertos por estas manos múltiples y vaporosas, tan ajenas como mías. Siento mi cara y parece que ocupan las varias posibilidades al unísono, con milimétricos desfasajes, o como si las entrambas fuesen en extremo veloces.
Ah, el desierto. Abro la puerta, y en el día todo es somnoliento. Lentas olas de calor ondulan las caras de los primeros comerciantes, algunos encapuchados se refugian en la noche. En un puñado de arena se forman las torres que luego destruyo. Algunos me miran como miran el desierto: con rencor, pues, ¿no todo creador inspira temor, irrumpe en su vida con despreocupación? Con violencia hacia lo necesario. Me estiro contra el marco y soy gigante: pájaros imprecedentes surcan desde el olvido y me dan la bienvenida trazando amplios círculos. Tal vez no sólo me reciben a mí, y la circunferencia que marcan encierra a todos. Eso explicaría las figuras que atiborran como granos la plaza mayor, venidas del tiempo extraño que imbuye este paraje. Figuras poco reconocibles, desdibujadas por la tirria o por el vaho que es como la respiración de un titán. ¿Parientes, amigos, acaso muertos que me buscan o simples símbolos de algo que no comprendo? Lo cierto es que ya no estoy acá, que las mismas disparan recuerdos -reconstrucciones-, historias que parten, por ejemplo, de un desubicado vendedor de esturiones. ¿Se acordará de la vez que la flota amurallada de Ciro pasó por encima de su cabeza, cubriendo el cielo que fluía como el Istro? Sentí de pronto sus ojos torvos, y la gran marejada de agua que trajo consigo un pez sonriente y libre. El calor, como el agua, son elementos que al contacto con nuestra tierra difractan nuestro entendimiento. Lo cierto es que hacía tiempo que no sentía frío. El hombre se perdió en la plaza que escurría su humedad, y al caer la última gota el olor se adueñó del panorama. No, no eran los esturiones ahora fritándose. Tampoco las inicuas legumbres, ni la piel vegetal sobre las brazas. Me separé del marco con esfuerzo, desembarazándome de esa estructura posesiva. Estaba descalzo, pero no me quemaba. De repente me sentí liviano, fuera del alcance de las ventanas insidiosas, escurriéndome sin sonido entre la gente, entre las cosas. El olor ya era tangible, lo distinguía casi como una soga de la cual asirme, de la cual podía ser tirado. Las ollas de hierro a mi costado eran sirenas de colmillos de algo asado, algo asado, como la roja y hedionda peste que empapaba a todos. El epicentro dulce y carnoso latió y movió las fibras de mi cerebro. Una mujer de túnica negra, apoyada en un mostrador fenicio, se envolvió en un ademán seductor y me tuvo apresado para siempre. Vi el colgante refulgiendo encima del abultado pecho, vi el colgante en un pilar que ardía y decía adiós a lo que antes era su todo, vi mi mano quemada y su mano tersa que ofrecía qué. ¿Un gato perdido en la sombra de un imperio del fuego? ¿Un niño abrasado mirando desde bajo? ¿El metal caliente que empuñaba, o la plancha al rojo vivo calentándome el cuello y la mandíbula? Me incitó a tomar un pedazo de lo que fuere: el recuerdo de su hijo, la carne deshaciéndose en mi boca, el muslo pardo contra mi piel y su gemido inabarcable. Sobrecogido, agotado, me deslicé como el pensamiento que se apaga. La luz de un mediodía engañoso resumía las sombras en un punto, mostraba las casas salpicadas de fulgores y daba inicio a una nueva sensación. ¿Sería que de reojo había incorporado una nueva imagen? ¿Algo cargado de sentido, pero cuya verdad nunca podría degustar? El tintineo de unas monedas me hizo voltear. El único árbol en pie se hallaba solo, incomunicado. Me acerqué al tronco inmemorable, raspé con mis manos la corteza callosa y me estiré sobre él. La angustia previa comenzaba a disiparse. El viento entrechocó sus ramas y yo escuché atento. Una lengua de pasto afloró al lado de mi pie, y luego otras la siguieron. Se expandieron y bifurcaron, crearon caminos obstruidos por arbustos, se incorporaron en anchos tallos de hierba y trajeron el murmullo de un arroyo cercano. Me abrí paso entre la maleza circundante, llevando a mi boca ricas leznas de pasto mientras avanzaba. El agua fluía, y a diferencia de la canción de las sirenas su voz estaba llena de vida real y no aparente. La rivera me invitó a reposar al lado de sus espejos. Como el río del bosque se extendía la pradera, un arrullo de entre las rocas parecía inundar todo el campo, algo que volvía y se amplificaba y aumentaba en celeste, se arrimaba al centro de la piedra y parecía escarbar entre todos los matices del gris para quedar varando y descubrir otra vez el bosque, ahí tendido, sin más, con las hojas que al crepitar movían las liras como pequeños letargos de pequeñas criaturas que observaban inmiscuidas. Veía las hojas alcanzar su cúspide, el final elusivo, asustado como una roca blanda alineándose con lo que no puede sentir o saber, viendo su reflejo en el lago. Y así, cayendo, repicando suavemente como si el sonido no existiera escucharía, paso por paso, en la hierba, al fauno extasiado mirando el lago, el río, el cielo y el bosque, las copas acrecentadas. Y todo caía mansamente, todo parecía natural, venía del mismo aire que lo arrullaba, irreal como el paraíso más cercano, como una cárcel. Presto atención a las cuerdas que atan el verde al reflejo del cielo a aquella nube distante que cambia y baja de repente, ¿será niebla despojada de su fragor? ¿Será el anuncio de una guerra que pocos quieren? Se realzan las copas con el viento creciente y de pronto se apagan, hasta que el mismo murmullo vuelve y me deja bajo las pezuñas de aquel fauno que sigue en el bosque bajo el sol preguntándose porque están tan lejos las liras de los árboles. Siento teclear una distorsión, un anuncio de pronto arrebatado: la calma, que parecía imperecedera, se deshace bajo el mismo tintineo de aquellas monedas. Me vuelvo hacia la fuente de sonido, dispuesto a desgarrar el cuello de quien me haya devuelto. Y sin embargo, ahora sólo me embarga el terror. La suntuosa figura se revuelve en la noche. La mano derecha perlada de anillos sacude el oro de arriba hacia abajo, la mano izquierda se aferra al puñal enjaezado; sus pies no se ven, sus ojos son verdosos, escatológicos. Me inclino sobre la rodilla y la tierra me quema. Siento su zarpa en mi bolsillo y luego en mi cabeza. Apretando los dientes -para no repetir al viejo hijo de Pisístrato- maldigo mi suerte torcida, obra del más nefando de los dioses. ¿Pues quién sino trocaría las casas de la noche por las cimas de sal, los caminos de la Siria por los del Helesponto? Camino ya, sin pensar en los engaños que presenta el terreno. Sé lo que me depara, y creo -si no me equivoco- que ya lo he mencionado. Esa somnolencia primera deja lugar a un bostezo rotundo, mis garras de metal me atirantan con su peso los hombros y la espalda. Mis ojos pierden su belleza y reconocen con frialdad lo material, aquello que puede ser violentado. ¿Será así, B.? Espero haberte acercado a mí, tener un testigo, y que no sea yo sólo quien escuche mis pasos ajenos hacia el olvido.
Baste lo dicho entonces, B., sobre mí y sobre nosotros, que son los otros, a fin de cuentas, los que podrán soñar con esto.

Cuento "El caballo de Pirrón" de Vicente


                                                               …era uno de esos impasibles ángeles de la nada.
                                                                           Martini, J. El fantasma Imperfecto, 1994.

Cada noche, con o sin luna, veo un caballo blanco pastando en el campo, detrás del alambrado. A veces cruje la madera por donde piso, y entonces las orejas me apuntan, la cara larga me mira a través de los árboles, para luego volverse, como si no hubiera pasado nada, como si todo estuviera dicho. Yo exhalo la última pitada y guardo la colilla, sabiendo que a veces pasa de día, que engulle el patio. Aunque nunca lo vi, lo pude notar por el desnivel de las pisadas, por la bosta que después tenía que juntar.
 Hoy un rayo mató a tres chicos. Ocultos en la carpa de la lluvia tormentosa, ajenos a las voces que gritaban la retirada, allí en la playa jugaban cómplices a desmentir al lobo,  riéndose nerviosos. Supongo. Lo que sí sé es que nunca escucharon el trueno.
A la noche la lluvia había pasado, y yo estaba parado sin saber qué hacer. El caballo no venía. Sólo me atendía la vigilia del negro recodo estrellado. De cierto modo, me sentí abandonado, y no queriendo que aquello pesara, me calcé las alpargatas solo, y crucé el alambre.
 El frente de mi casa que colinda al campo es ventanal en lugar de pared, así que mi vista es inversamente proporcional a la privacidad que pueda llegar a tener. Pero no importa. Los dueños del terreno (vasto, la vista no basta para ver el fin de la pampa encarcelada) poseen allí su casa, mucho más a la izquierda de donde yo puedo ver, así como también su establo, con treinta o cuarenta caballos que atados duermen en el silencio y en la intemperie.
 No pasé por ahí. Me alejé de las luces, sin ruido, sin vecinos que espiasen, y me dispuse a buscarlo. Sin linterna y sin luna, me confiaba del color para ubicarlo. Entre el oscuro, veía el campo expandido al horizonte, por mi ánimo o por la noche; pero por más que me adentré en esos confines sólo teóricos, no hallé ni pezuña ni crin que asomando dieran sentido a mi desvelo.
A la mañana no había nada. Ni pisadas, ni bosta que juntar. Hosco, me fui a la ciudad; hoy estaba perdido. Internado en las calles atiborradas, avancé lento hasta detenerme frente a un plano colmado de gente. Hombres y mujeres entraban o salían de las comisarías mientras yo pasaba como alejado, mirando desde mi coche. Todos vestían de civil, y los escudos estaban bajos.
  Sentado veía la obra sin curiosidad; sin embargo, mi vista así colgada llamó la atención de un hombre que, compelido a cumplir el rol que a él le estaba dispuesto,  me puso la cara del caballo, y comenzó a acercarse. Y, tal vez precipitadamente (porque no adiviné pretensión o arma) me alejé acelerando, salvando el tráfico.
Esa noche apareció. Lo vi gacho pastando, tan cerca que casi me le abalanzo, pero entonces escuché unos pasos, y como pensé que venían de la casa quise corroborarlos. Para cuando volvía, sólo el doble galope de las sombras me recibió. Tal fue la excitación que me quedé en vela esperando el crujir del pasto. (Sin embargo, el sol me descubrió con el atado hace rato ya vacío y
los ojos cansados).

 Ese día el trabajo fue un martirio.

 Manuel era un tipo tranquilo, medio otario; aún así pienso que, si se le fuese otorgado el poder suficiente, barrería a la mitad de la población. Por prejuicio o por miedo. En fin, si yo andaba con los ojos cruzados, él los tenía por el piso, negros por debajo, inyectados en el centro, y temblaba como si su corazón latiese como el de una liebre, o el de un colibrí, y los lápices se le caían, y sus cordones se le iban siempre desatados, así hasta terminar.
 Al final quebró. Quebró, y huyó corriendo, supongo que a su casa.
Si bien ya el sueño me sesgaba los sentidos, esperé afuera, un buen rato, para intentar cazar a esos dos que de escapados se hundían furtivos. Y fue antes de irme, cuando ya no confiaba más en la vista distraída, que creí ver a tres caballos, pastando uno al lado del otro. Alazán y zaino, y al lado el blanco, que levantando la cabeza pesada se fue a pastar a otro lado.
Desperté tarde y no fui a trabajar. No dependo de nadie, por lo que no recibo castigo alguno: a lo sumo muero de hambre o pierdo la casa. Y es por eso que potencio las consecuencias de la inactividad: para no  terminar atascado y muerto por mi propia pereza.
 Durante la comida me deshice de la radio. Al parecer, encontraron a una nena en un río. Muerta a golpes y quemada, o quemada viva y después golpeada. No recuerdo con exactitud. Por ahí la historia venía bien, hasta que la locutora comenzó a decir que había sido su propia madre, y el amante con la familia entera había hecho una procesión hasta el río donde… ahí la apagué.
 La verdad, sólo esperaba la noche. Así que cuando llegó, salí de mi abulia estancada y comencé a divisar, uno por uno, cientos de caballos que callados rumiaban sin pensar, y mientras algunos miraban mi cara abierta y mi boca asombrada, otros se desplazaban, sin relinchar. Entonces, como un reflejo, salí directo hacia el establo. El pique se convirtió en galope, y como Segundo Sombra sin Segundo Sombra, se perdieron en la oscuridad, lejos del campo, lejos de casa, y aún así, en el establo estaban todos los caballos, durmiendo o aguardando a ser montados.
No pude salir de esa visión. El día transcurrió de fondo, atrás de aquella imagen líquida, que abrupta y subrepticia se entremezclaba en estampida, y ya al final sólo oía los galopes como si fuesen tiros, los relinches como gritos, y una manada que no paraba de trotar como si escapara.
Volví quemado por el sol. El cuerpo dolía, fatigado y tirante, pero no importaba. Comí algo ligero e ignoré el pedido de un vecino que, al no obtener respuesta, me insultó y se fue con el rencor como premisa. Era martes, por lo que la gente aguardaba la mañana oculta tras las rejas, mientras yo esperaba una mañana distinta, afuera, en la noche, sentado, cuando, de a poco, comenzaron a mostrarse caballos que ni ayer habían estado. Llegaban de a uno, de a grupos de tres o cuatro, yeguas, potros, zainos, ovejeros, alazanes, negros, en silencio, todos, comiendo, y no digo que la pampa les quedase chica, pero así la iban a agrandar.
 Entonces lo vi al blanco. Era como si lo dejaran pasar, y pastar, y hasta hacer ruido, y una vez alcanzado lo que yo creí el centro, oírlo asentarse, resoplar y relinchar, golpear el piso y levantarse, abruptamente, sobre sus dos patas y al caer, invitar a la huida al resto, galopando hacia el borde, como si no hubiera pasado nada, como si todo estuviera dicho.