Julián
“So,
to punish it, she held it up to the Looking-glass, that it might see
how sulky it was— ‘and if you’re not good directly,’ she
added, ‘I’ll put you through into Looking-glass House.”
Through the Looking-Glass, Lewis Carroll
Through the Looking-Glass, Lewis Carroll
¿Retener…?
Julián veía una mosca golpeándose contra la puerta transpirada de
la heladera. Las personas en frente suyo, una de cada lado,
resaltaban el fondo nítido. La pregunta había aparecido del mismo
modo en que las cosas parecían desenvolverse en aquel verano: sin
quererlo. Cualquier acción o movimiento (el de sus manos, por
ejemplo) debía desperezarse y partir como quién recién se levanta
y va a trabajar.
¿Retener?
Julián sintió un leve
descolocamiento en el ambiente, como cuando uno de pronto se vuelve
consciente de un ruido de fondo –el televisor, en este caso-. Pero
él notó, en esas muecas deformadas por el calor –invariable,
denso, como si un pantano se hubiera sentado de lo más holgado en la
ciudad- el reproche natural, si se quiere, hacia las manos que
reposaban estiradas a lo largo del paquete de arroz. Hubo una risa
nerviosa, una frase interrumpida, la sensación desagradable de las
manos húmedas rozando el plástico de las bolsas y el vaho tórrido
que entró por un momento, tocando la campana como si él también
fuese bienvenido.
La factura permaneció en el mostrador. La
mancha de agua que la cerveza había dejado ensombrecía el papel que
escribía: “Kiosco Julián”. Quieto, tardó en comprender que
estaba al revés.
El dueño surgió de los escaparates
arrastrando su cuerpo entero. Se fue acomodando a su lado sin quitar
los ojos del partido. Julián iba siendo desplazado por lo que el
creyó un orbe jadeante, pesado. Estrujó el papel entre sus dedos y
se lo acercó exageradamente.
Les cobraste mal, carraspeó. El
dueño se cacheteó un brazo. ¿Cómo…? Que les cobraste mal, ¿ves?
La palma de su mano resonó contra su cabeza pelada. El zumbido de la
mosca y su piel pringosa tenían algo tanto oscuro como familiar.
Retener…
El papel, arrugado, mojado, colgaba de los dedos
flacos. Ah, sí. Les cobré de más. Sí, les cobraste de más. Del
olvido parecían venir los enviones que terminaban contra aquel
planeta. ¿Sabés qué? Esta vez está bien, pero no quiero –tosió-,
no quiero volver a tener que… El dueño miró en la palma de su
mano la mosca estallada. Se limpió en la camisa entreabierta, a la
altura del pecho, mientras seguía hablando. ¿Está bien? Si te
tengo que volver a decir algo o si estás eh, papando moscas, voy a
tener que ver qué hago con vos. Bueno, bueno.
La campana trajo
al vaho, contento de entrar, seguido de un agrio olor a tabaco viejo.
El jefe había desaparecido por los senderos de sus estantes.
El
hombre –obviamente borracho- llevaba puesto algo como un sobretodo.
Julián después precisó que lo agrio era olor a meo, o de días de
suciedad.
¡Retener!
El borracho se bamboleaba a lo largo del
camino –sin los conocimientos baquianos del dueño parecía estar
perdido-. Julián se impacientaba. Buenasss… se alargó hasta que
un hipo o eructo lo dejó en seco.
Sí. Dame 3…ehm. No tenía
barba larga, aunque sí estaba mal afeitado. El pelo negro engrasado,
los ojos claros, la nariz un poco torcida a la derecha, un gesto
(cuando la borrachera no se lo arrebataba) a veces amable, un jean
roto, una remera antes blanca, el sobretodo gastado, gris y ojotas.
Se quedó inclinado hacia atrás. Esperá. Sísí…
Caminaba
como si en realidad fuese un tallo movido por un viento indeciso.
Julián daba pasos en su mismo lugar y apretaba los dientes sin darse
cuenta. Claramente se dirigía donde estaban las botellas; éstas,
apiladas de a cientos, miraban, rígidas. Julián las imaginó como
una torre de cartas.
El ebrio, siempre inclinado hacia atrás,
devaneaba por la bizantina cuestión sudando la gota gorda. Largaba
barruntos eh… en voz alta, y parecía querer apoyarse contra los
condimentos para poder pensar mejor.
Para tranquilidad de Julián,
el hombre se decidió por una botella de ginebra Bols (vale decir, a
mano). Su expresión era tanto de acierto como de propia
congratulación. Ahora se palmea la espalda, rio Julián.
Violentísimo el choque contra la puerta de vidrio. Julián sólo vio
un fragmento de la paloma volando, descoyuntada, en la dirección
contraria. Miraba extrañado el vidrio intacto, hasta que giró la
cabeza –los ojos bien abiertos- para encontrar al borracho
recuperándose del susto, levantado los hombros con una sonrisa
autoindulgente mientras chapoteaba en la ginebra. La cabeza yerma del
dueño se asomó entre la espesura, mirándolo fijamente, acaso
pensando ¿a éste lo conocés vos?
¡RE-TE-NER!
El jefe se ya
acercaba a pedir explicaciones, a castigar por lo bajo hasta que el
otro se fuese, pero la amenaza quedó en el aire cuando Julián lo
flanqueó, con una cara que él no supo entender. Voy al baño, había
casi susurrado. Mientras, el borracho balbuceaba algún que otro
delirio y pisaba los vidrios rotos.
Meó largamente. Repasó los
baldes con agua vieja, la escobilla, los productos azules, rosas,
naranjas y verdes fulgurantes bajo la penumbrosa luz, las cucarachas
muertas en el pasado –sus patas saludando en varias direcciones-,
alguna polilla polvorosa, con una detenida, amplia mirada. Recordó
la tapa de la alcantarilla desbordada frente al kiosco y no supo si
era una salida u otra entrada.
Se escuchó tirar la cadena,
cerrar la bragueta y abrir la canilla. Se extrañó del hombre que lo
miraba fijamente, empapado hasta la sien. (La escoba se endureció
cuando se sintió tomada. Qué molesto resultaba golpearse contra las
cosas, contra el marco de la puerta).