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jueves, 30 de junio de 2016

Desaceleración de Gaby Mena

(formará parte de la novela)

 Vio cruzar la avenida al Chuequito. Venía corriendo en diagonal hacia el puesto, agachado y con la mano derecha rozando el asfalto. Al principio, el Limón no entendió por qué le salían chispas de los dedos, hasta que se rescató y pegó el grito. El Chuequito sonrió y embistió.
La Flaca se dio vuelta y abrió los brazos, justo a tiempo para recibir la faca en el costado del vientre. El mango improvisado con cinta aisladora roja pronto se confundió con el rojo de la sangre.
Primero fue el borbollón de espuma blanca, que coronó el tajo como si fuera una puntilla. Después, la lágrima de sangre que mojó apenas el vestido, anticipando el chorro que empezó a manar de la herida. Una flor se empezó a dibujar en el vestidito blanco que se curvaba apenas sobre la panza de la mujer. Al principio fue sólo un pétalo redondo, que se extendió hacia el centro, pero con lentitud otros pétalos se abrieron, floreciendo en todo el flanco izquierdo de la Flaca. Ella se tambaleó hacia atrás y hacia adelante y la flor creció y creció, hasta abarcar su vientre como si tuviera vida propia y se meciera con el viento.
Ella giró sobre sí misma, con las manos todavía abiertas, en un gesto de recibir, de abrazar, de bienvenida, y levantó la mirada hacia el Limón, como quien pregunta. El mango de la faca le sobresalía en el costado y se recortaba sobre el fondo de baldosas mugrientas que era el piso de la feria.
La mancha de sangre se volvió una baba que chorreaba, ya no era una flor, era un enorme gargajo sangriento, un alien que nacía a dentelladas, abriéndose paso hasta alcanzar el ruedo del vestido de la mujer y goteaba, goteaba y ellos dos se miraban, el silencio era una burbuja que los envolvía, los colectivos seguían pasando y la gente gritaba sin voz alrededor de ellos, alguien puso el mute, pensó el Limón, no te escucho, no puedo oírte, qué decís, no ves que no te oigo Flaca no te
La Flaca bajó la mano, se arrancó el acero del cuerpo y de repente volvió todo junto, el ruido de la faca contra el suelo, el movimiento, la sangre la sangre la sangre y ella trastabillando y cayendo, cayendo y él atajándola justo a tiempo y los gritos y las bocinas y la voz de gorrión de ella repitiendo en una cantinela imposible la panza Limón la panza Limón la panza Limón la panza Limón. Alguien gritó agarrenló. Nadie entendió bien lo que había pasado hasta que la voz del Limón rajó la tarde de Plaza Italia.
-¡Hijo de puta! ¡Fue el Chueco! ¡Hijo de puta! ¡Hijo de puta! ¡Agarrenló!

lunes, 27 de junio de 2016

Desaceleración de Romina Ávila Tosi

     A Tincho el escabio se le bajó de la cabeza en los cinco segundos que tardó en guardar las llaves en el bolsillo y confirmar que esa especie de Pollock en que se había convertido el cuarto, no era resultado de un delirio artístico de la Renga. Ya le había llamado la atención que no le contestara el whatsapp que avisaba que estaba yendo a casa; no vengas, andate a cagar era la respuesta habitual. También era costumbre que se hiciera la dormida con las sábanas estratégicamente corridas asomando ese culo monumental por debajo de la remera. Entonces Tincho se acostaba en bolas a su lado y le cantaba rasposamente “vas a manchar tu camisa de fina seda/ con el mejor champán que él te va a convidar, /mientras yo voy a estar en algún agujero/ luciendo mi saquito blusero”.
    El dedo índice calzó en la argolla del llavero mientras los ojos, en modo panorámico, fotografiaban la habitación como tratando de encontrar a Wally: si había hecho lo mismo de siempre, ¿por qué intuía que no era momento del culo, la canción y el polvo de reconciliación? Lo de siempre era juntarse con la banda de inútiles amigos tuyos. El plan original eran un par de cervezas y un campeonato al P.E.S. Pero era fija que alguno venía con la idea de recrear alguna jugada particular o quedaba con la sangre en el ojo porque no había podido ser Mascherano y la cosa se terminaba extendiendo, al igual que el número de cervezas. Se acumulaban las esculturas de vidrio marrón en el lavaderito de la vieja del Gordo hasta un rato antes de las ocho de la mañana, que doña Isa se levantaba. Cuando sonaba el despertador ya todos se habían ido, el Gordo punteaba los primeros ronquidos y Tincho entraba en la habitación.
     Las llaves se acomodaron una al lado de la otra sobre la palma e iniciaron el descenso hacia el bolsillo, medio agarradas, medio por acción de la gravedad. Una gota de pulpa de frutilla se preparó a escurrir desde el extremo de la sábana.
    Ese revoltijo de tripas que asomaban por debajo de la remera de la gira “Insoportablemente vivo” había estado adentro de La Renga, como los mecanismos de un reloj que ahora estaba hecho concha en la cama. Un aguijonazo en la boca del estómago le sacó la mirada de bambi justo cuando caía la gota y los dedos en montoncito palpaban el borde del bolsillo. Podría ser Dalí por lo del reloj, pero definitivamente es Pollock, pensó. La Renga lo había arrastrado hasta el museo de Bellas Artes una vez y se había enojado cuando él había dicho que eso lo podría hacer cualquiera. Le dolió más saber que ella no iba a sonreír satisfecha de escucharlo nombrar pintores.   

     La mano salió libre del bolsillo, las llaves se movieron apenas adentro, la gota de sangre se estrelló en el parquet y Tincho se sacó la ropa y las zapatillas y le cantó por última vez en el oído. Laura, la Renga, no se dio vuelta para besarlo.

Desaceleración de Sofía Jazmín Iglesias



Con la piel erizada al momento en que nombran la categoría en la que estoy nominada. Actriz revelación, dice la conductora moviendo los labios pintados de rojo en combinación con el vestido. Tape de la actriz número uno; retuerzo mis manos que transpiran. Es la primera vez que asisto a los Martín Fierro. Tape de la actriz número dos; mi estómago se vuelve diminuto, todos esperan que gane ella. Tape de la actriz número tres, soy yo; intento poner cara relajada porque me están enfocando. No puedo soportar verme actuar, ni los diez segundos que dura el tape. Lanata en la mesa del costado, le dice a su mujer que no fui la que mejor actuó en esa serie. Y que encima, soy kirchnerista. Mirtha Legrand me mira escéptica a través de la pantalla enorme donde está apareciendo mi cara. Tinelli se saca una selfie mientras Pettinato se lleva un canapé a la boca. La mesera de la diez y la quince hace malabares con una copa de vino que se le termina cayendo, lo que me lleva a acordarme que rompí todos los vasos en casa y tengo que comprar. El hijo de Darín se da vuelta y me mira. Seguro me reconoce de ese taller de actuación en 2004 en el Centro Cultural Munro. Desenredo los dedos y le doy la mano a Miguel. De reojo puedo ver que me murmura algo, pero yo no paro de pensar en la manera que me está bajando la presión. Al fin cambia el plano. Sus dedos rompen el sobre. Siento el ruido crispado de la rotura del papel ensordeciéndome. Mi celular vibra incesantemente. El murmullo alrededor y tantas miradas que me atacan. Puedo sentir cada latido del corazón que quiere salirse por mi garganta y terminan de estallarme los oídos.  Nunca me gusto este ambiente. Lo último que quiero ver es a Miguel, entonces lo miro y cierro los ojos. -Y la ganadora es…

Desaceleración de Illed Huilén Nacucchio

Que a dónde fui, que por qué tardé tanto, que por qué no lo llevé conmigo, me interroga el perro cuando llego a casa. Con la cabeza indica que quiere ir a la ventana, lo sigo, abro y espero a que suba al alféizar. Me siento al lado suyo y dirijo mi vista hacia la calle.
Veo que él está cruzando la esquina. Se detiene frente a la puerta de casa a sacar las llaves del bolsillo del saco. Miro los ojos de Lobito y el tintineo de las llaves me empuja dentro de sus iris, hasta ahogarme en lo que ve: la calle, pero adelante las rejas de la ventana.
El mundo como Lobi lo ve es la libertad a una garra de distancia, interrumpida por esos cañitos negros. Entonces comprendo su obsesión de estar todo el día en la ventana, el anhelo constante de escapar, las ganas de correr desenfrenadamente para desahogar los cuatro años de vivir preso de un dueño. Trato de consolarme con la idea de que “cuando vivía en la calle se cagaba de hambre”. Sin embargo no alcanza. No importa cuánto te mimen y te alimenten, jamás se es feliz cuando se está consciente de ser preso. Y la angustia me rebalsa porque lo entiendo, a mí también me gustaría escapar. Mas no me da la cara para dejar a ese hombre que también está preso, pero de su locura. No siempre fue así, pero la depresión lo empujó al vacío de la enajenación.
De pronto es Lobito quien mira a través de mis ojos. Estoy presa en la ventana, observando la calle angustiada, recordando los días en que era libre y evitaba pensar para no hundirme en el pantano de los problemas. Luego llegó él con tostadas, té de vainilla y un beso de desayuno. En esa época todavía éramos unos pobres ilusos y decidimos convivir, creyendo que jamás nos íbamos a cansar. El fin del amor no existía.
Pero nuestro pequeño mundo, que yo creía de acero inoxidable, se empezó a oxidar tan solo dos años después. Ya no éramos los mismos, la fiebre de amor había bajado y no quedaba mucho para que nos curáramos del todo.

Otro año ha pasado. Su eterno silencio me atormenta cada día más y las respuestas monosilábicas que antes podía aguantar, me dan ganas de vomitar. Pero no puedo dejarlo solo, presa quizás de mi propio temor a la soledad. Escucho las llaves en la cerradura. El metal frío de los grilletes me quema la piel del tobillo y la bola de hierro empieza a hacer fuerza hacia abajo. Entonces caigo de nuevo en mi lugar en la ventana y Mauricio entra a casa.

Desaceleración de Roberto de Bianchetti

Hubo un intervalo extraño en la sobremesa. Se repetiría alguna vez más. Vaya uno a saber por qué, los dos asomamos la cabeza por encima de las brumas del vino. Fue una bocanada de aire, un instante de más lucidez. El comisario mayor aseguraba que si había algo de lo que nunca se olvidaría, era la manera en que el negro Agüero le contó cómo había sido aquella estocada cuchillera.
<En el momento en que se prendieron los motores de la panadería, me le fui encima con un paso largo y con el puñal en punta. Lo tuve escondido en la manga del saco todo el tiempo. Me sorprende que Esteban no se hubiera dado cuenta. Llegué hasta que la cruz chocó contra el pecho. No me acuerdo si gritó, pero te juro que todavía tengo en la mano la memoria de todo lo que pasó: ¡Tic!, saltó un botón partido por la mitad... La hoja fue cortando la piel. Antes, la camisa y el algodón de la camiseta que llevaba debajo. Sentí la tela rasgándose. La muñeca resistió la dureza del cartílago que une las costillas con el esternón, también me resonó en el codo. Atravesaba decididamente el músculo, fibra a fibra… ¡Qué distinta es la carne de un cristiano!>
<Debo haber llegado al pulmón porque escuché el silbido del aire que se escapaba. Lo escuché como si le prestara atención a una nota de violín interminable que se interrumpió de golpe por el borbotón que empezó a salir de la herida. Los cinco dedos sintieron al corazón abollándose como un globo para enseguida desgarrarse por el filo del fierro.>
<Quedé cara a cara con Esteban. Olí su aliento agrio. Vi los ojos abiertos que no entendían lo que le estaba pasando. Vi en su mueca, la sorpresa. Vi en las pupilas que se dilataban mi figura reflejada dos veces, deformada y esférica. Vi, diminuta, mi cara de espanto. Dos veces la vi. No quise reconocerme en ellas, pero era yo… Dos veces…> 
<Las pupilas se cerraron con la misma rapidez con la que se habían abierto. La muerte las fue opacando y las dos imágenes se apagaron y se dejaron de ver. Mi mano oyó cómo se interrumpía el último latido.>   
<Desde el piso vi cómo los estertores le sacudieron los hombros como si quisieran despertarlo. Qué curioso, me hizo acordar a las monerías de un payaso de mi infancia.>
<Esteban quedó colgado de lo que fue, de lo que ya no era. Yo acababa de matarlo.>