Vio cruzar la avenida al Chuequito. Venía corriendo en diagonal hacia el puesto, agachado y con la mano derecha rozando el asfalto. Al principio, el Limón no entendió por qué le salían chispas de los dedos, hasta que se rescató y pegó el grito. El Chuequito sonrió y embistió.
La Flaca se
dio vuelta y abrió los brazos, justo a tiempo para recibir la faca en el
costado del vientre. El mango improvisado con cinta aisladora roja pronto se
confundió con el rojo de la sangre.
Primero fue
el borbollón de espuma blanca, que coronó el tajo como si fuera una puntilla.
Después, la lágrima de sangre que mojó apenas el vestido, anticipando el chorro
que empezó a manar de la herida. Una flor se empezó a dibujar en el vestidito
blanco que se curvaba apenas sobre la panza de la mujer. Al principio fue sólo un
pétalo redondo, que se extendió hacia el centro, pero con lentitud otros pétalos
se abrieron, floreciendo en todo el flanco izquierdo de la Flaca. Ella se
tambaleó hacia atrás y hacia adelante y la flor creció y creció, hasta abarcar
su vientre como si tuviera vida propia y se meciera con el viento.
Ella giró
sobre sí misma, con las manos todavía abiertas, en un gesto de recibir, de
abrazar, de bienvenida, y levantó la mirada hacia el Limón, como quien
pregunta. El mango de la faca le sobresalía en el costado y se recortaba sobre
el fondo de baldosas mugrientas que era el piso de la feria.
La mancha de
sangre se volvió una baba que chorreaba, ya no era una flor, era un enorme
gargajo sangriento, un alien que nacía a dentelladas, abriéndose paso hasta
alcanzar el ruedo del vestido de la mujer y goteaba, goteaba y ellos dos se
miraban, el silencio era una burbuja que los envolvía, los colectivos seguían
pasando y la gente gritaba sin voz alrededor de ellos, alguien puso el mute,
pensó el Limón, no te escucho, no puedo oírte, qué decís, no ves que no te oigo
Flaca no te
La Flaca
bajó la mano, se arrancó el acero del cuerpo y de repente volvió todo junto, el
ruido de la faca contra el suelo, el movimiento, la sangre la sangre la sangre
y ella trastabillando y cayendo, cayendo y él atajándola justo a tiempo y los
gritos y las bocinas y la voz de gorrión de ella repitiendo en una cantinela
imposible la panza Limón la panza Limón la panza Limón la panza Limón. Alguien
gritó agarrenló. Nadie entendió bien lo que había pasado hasta que la voz del
Limón rajó la tarde de Plaza Italia.
-¡Hijo de
puta! ¡Fue el Chueco! ¡Hijo de puta! ¡Hijo de puta! ¡Agarrenló!