Mostrando entradas con la etiqueta Inicio de novela. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Inicio de novela. Mostrar todas las entradas

jueves, 30 de junio de 2016

Inicio de Novela de Gaby Mena

La noche que el puesto del Bigotes ardió hasta los cimientos, en un incendio que iluminó Plaza Italia hasta la madrugada, Limón había cerrado temprano para acompañar a la Flaca al médico.
Ella se lo había hecho prometer muchas veces, y el Limón sabía que le tenía que cumplir. Fue la ejecución de esa promesa lo que le salvó la vida y evitó, además, que los libros del puesto ardieran en una sola antorcha. Años más tarde, los memoriosos seguirían hablando en los cafés de la noche de la quema del puesto, y de cómo sucedieron las cosas.
Nada hizo prever la catástrofe: Limón cerró las puertas metálicas, como todos los días,  puso el candado y se paró a fumar una tuca con el Gallego. El viaje hasta Munro era largo y en el mal horario, así que supo que viajaría parado desde que se sumó a las colas que serpenteaban en el andén de Retiro.
Eso le dejó la cabeza libre para volver a pensar en lo mismo: El Chueco, la feria; el Chueco, la feria. Esos dos pensamientos eran un mantra que le taladraba la cabeza. Ya no aguantaba más.
-Un día de estos voy a matar a ese hijo de puta y voy a ir preso - le había dicho al Enano el sábado anterior, mientras se tomaban una fresca y compartían un faso – Y lo peor es que no lo vale, yo sé que ese sorete mal cagado no lo vale, Enano. Pero no sabés con qué ganas me lo llevaría puesto. No sabés –
Ahora, con el hombro apretado contra el vidrio de la puerta del tren, viendo pasar la noche que se enturbiaba, la cara del Chuequito se le volvió a presentar nítida en la cabeza.
- Hijo de re mil putas – murmuró el Limón.
El Chueco y su bandita habían empezado a ranchar en el territorio de la feria cuatro meses atrás, unos fantasmas desdibujados, sucios y asexuados, que se movían como en relé, con los dedos negros del hollín de la lata y llagas de quemaduras en el borde de la boca.
Desde entonces, nadie había vuelto a tener paz.
Al principio, dormían al costado de los puestos, una noche sí y otra no. Los más perjudicados eran los de las puntas, como el del Bigotes, porque era contra los que apoyaban los colchones para dormir. El olor a meo se volvió  insoportable con el calor, así que había que abrir antes y baldear las veredas todas las mañanas.
Ya el laburo en sí era una puta mierda, pero el Chuequito y compañía lo elevaron a la categoría de insufrible. Por lo menos una vez a la semana, el Limón se juraba que nunca más, basta, ya fue.
El asunto era la Flaca. No, la Flaca no. El pibe.
- Hacé lo quieras, Limón. Pero no podés quedarte justo ahora sin laburo. Me lo prometiste -. Era verdad. Él le había prometido aguantar y por eso habían decidido ir adelante con la panza, como le decían los dos al embarazo que ya entraba en el quinto mes.- Y encima por unos cabezas fisurados. ¿Vos te creés que te lo hacen ¡a vos!, a propósito? Esos pibes son unos walking dead, Limón.
De eso el Limón no estaba tan convencido. Bastaba con mirar a los ojos una vez al Chueco, para saber que el chabón de zombie ni la punta. Eso era lo que más lo emputaba, pero qué le iba a explicar a la Flaca.
Así que al día siguiente, volvía al puesto y a las eternas peleas con el Bigotes. Vuelta a que la plata es corta, no me cierran los números, vendo mucho y no comisiono nada. Vuelta al llegás siempre tarde, no se vende nada, lo que entra no da para dos. La historia de nunca acabar, el pan de cada día de la gente de la feria.
El Limón arrancaba las mañanas rabiando, y rabiando se iba a dormir, por más que la Flaca tratara de hacerle prestar atención a la llegada del hijo, a la panza que se movía, a las batitas nuevas que le traía la madre del Once cuando iba  a buscar mercadería.
Pero fue con la llegada de la Mostrito que arrancó el bardo grosso.
Hasta entonces, el Limón llegaba a abrir y no había otra cosa que el meo chorreando contra las chapas del puesto. Pero la mañana que se encontró el colchón de dos plazas al costado del puesto, y  sentada sobre él a la Mostrito, que se peinaba los pelos finitos y grasientos con los dedos, como una reina en el exilio, arrancó el verdadero rock and roll.

El tren entró en la estación, como un gusano ciego. Las luces amarillas alumbraron el andén. El Limón se acomodó la  mochila en el hombro y encaró las pocas cuadras que lo separaban de su casa. Caminaba despacio, con los hombros cargados hacia adelante, los pies separados.
Fumó, mirando sin ver, con su sombra partida en el ángulo de las casas, pisando los yuyales de las veredas rotas.
En la casita rosa de la calle Olaguer, la Flaca escuchó el ruido de la llave en la cerradura y se alisó el pelo con las manos. Era alta, con unos ojos miopes que le volvían más dulce la mirada dulce. Tenía una voz fuerte y atiplada, que se alzaba cuando hablaba de algo que la entusiasmaba. Entonces el Limón la chistaba; chist, bajá la voz, Flaca, no grités. Ella pedía disculpas enseguida, con cara de nena; uy, me zarpé, perdón, decía. El chistido y el gesto brusco de él la mandaban a callar y ella acataba, dócil.
El Limón sabía que la alegría de ella era el aire que él necesitaba respirar, pero en el último tiempo el malhumor era más fuerte que él, lo ahogaba, le comía la cabeza.

Hasta dormido, se agitaba en sueños y hacía rechinar los dientes con un sonido estremecedor.

lunes, 27 de junio de 2016

Inicio de novela de Sofía Jazmín Iglesias


Entre la mugre y el desorden. Las rejas y las paredes asfixiantes. Los gritos y las peleas. Así vengo sobrellevando la vida en estos cinco meses.
Está empezando a hacer frío, y mis compañeras -que no es ni el primero, ni el segundo, ni el tercer invierno que van a pasar acá- saben como ingeniárselas. Anoche prendieron fuego un cajón de manzana para calentar el ambiente, pero se pudrió todo. La celadora Giménez les apagó el fuego con agua y las pibas le dieron vuelta el pabellón. Volaron los jarritos de lata, zapatillas, restos de madera contra la petisa.
La que mueve a todas para hacer quilombo es esa Vanesa. Nunca hablé con ella, pero dicen que mató al marido porque la dejó por una pendeja quince años más chica que ella. Todos los meses le pide a Juana, una pibita que está acusada de asesinar a su mejor amiga, cuando habla con su familia, que a ella le mande una caja de cobrizo profundo 7.44 de Issue. A esta chica la tienen como quieren. La obligan a pedir cigarrillos, ropa, y de yapa le sacan algo a ella.
Sólo nosotras tres somos las que estamos acá por homicidio. Las demás por tranzas, rastreras o simplemente por ser pobres. La mayoría tiene hijos afuera o vienen  trasladadas desde el otro pabellón donde vivían con ellos, pero al cumplir los cuatro años se los arrancan de los brazos, como acá nos sacamos una rodaja de pan.
Con las que mejor me llevo son la Mary y Laura. Mary tiene 36. El marido vendía droga dentro de La Oculta y ella quedó implicada de rebote; Laura tiene 32. Le robo al menos indicado. Es madre soltera. No tenía trabajo, ni tenía para darle de comer a su hija. Así que agarro un fierro, eligió el auto más lujoso en el semáforo y amenazó al conductor: que iba a saber yo que era el intendente de Tres de Febrero, si no tengo ni televisión.

A mí me dicen ‘’La paragua’’. Me gané el apodo el día que me preguntaron mi nombre y tuve que explicar qué era de origen guaraní.

Hoy nos despertaron a las siete, como todos los días. A mí me tocó limpiar con un par más los restos de la guerra de anoche.


          Acá está oscuro. Nos apagan todo a eso de las nueve para que nos dejemos de joder. Pero por la ventana, entra un rayo de luz que me acompaña en mi desvelo. Cuando uno no quiere o no puede dormir, cualquier cosa lo distrae. Puedo observar los ladrillos al descubierto, los escritos de las chicas y una mancha de humedad que tiene la misma forma que esa que descubrí la vez que ella llegó a la casa de Villa Crespo.

En 1992 yo tenía diez años. Vivía una vida como quien dice ‘’normal’’. Hija de un arquitecto y una profesora de Bellas Artes. Por la mañana iba a un colegio privado. Me retiraba Amelia, la chica que me cuidaba, aunque mamá estuviese en casa. Pero siempre ocupada en el atelier. Por la tarde papá me llevaba al centro cultural del barrio a aprender arte y dos veces por semana a la academia de inglés.

Una noche cualquiera de mi infancia tan aburrida, llegó Carmela.
Éramos esa mancha de humedad en el techo y yo, lo demás alrededor desapareció.
Podía escuchar un llanto de bebé, y el murmullo de las conocidas voces de mi familia. Después de un largo momento de especulación por lo que estaba pasando, me puse las pantuflas. Con los puños cerrados y transpirados fui al comedor. Estaban papá, la abuela Cata y el abuelo Andrés; mi tía Carla y mi tío Santiago; mi prima Lisa y mi primo Joaquín. Estaba mamá con ella en brazos.



En el comedor pasaron de tener una cara de feliz nacimiento a una expresión de velorio. Claro, había fallecido mi lugar privilegiado en esta casa. Y todos velaban por mí.

De esa noche tanto no me acuerdo, pero si de la mañana siguiente cuando la encontré en la cama de nuestros papás. Sus ojos, sus pestañas. Era hermosa. Me acosté junto a ella y mirándonos haciendo una especie de pacto fraternal tácito (como si lleváramos la misma sangre en las venas) nos prometimos cuidarnos toda la vida. Hasta que la muerte nos separe. Hasta que la justicia nos separó. Porque si hay algo similar a estar muerto, es estar preso.

Desde chiquitas, a Carmela siempre la defendí. Ella rompía algo, yo me echaba la culpa. A ella la retaban, yo le daba letra. Me acuerdo una vez, mamá tenía que pintar un animal en un lienzo enorme para una exposición. Ella agarró un pincel y le agujereó el ojo al caballo. Mamá sabiendo que esa travesura no podía venir de nadie más que no fuese Carmela, la agarro de los pelos y a cachetadas le hizo sangrar la boca. Yo fui corriendo y le clave una espátula en el brazo a la artista, entonces se armó una batalla campal entre una mujer de treinta y ocho años y sus hijas de cinco y quince.
Ese tipo de imágenes violentas, se veían mucho en mi familia. Especialmente viniendo de mi mamá, que aunque nos amase, su arte siempre estaba primero. Y en cuanto alguna se atreviese a hacer un caos de su estudio, nos fajaba sin problema.

Por estas cosas no me sorprende la manera en que nos desenvolvimos en la vida. La manera en que Carmela resolvió ese problema, la causa por la que estoy acá. Por la violencia y por defenderla.


Proyecto de novela

Anai es una chica de alrededor de treinta años, crecida en un seno familiar de clase media, que hace catarsis desde la cárcel principalmente sobre la causa por la que está allí: Haberse entregado encubriendo a su hermana adoptiva Carmela, del asesinato de su ex pareja, después de abusar sexualmente de ella. Entre todo este monólogo interior, recuerda anécdotas de su familia, de su propia vida, como la violencia en su infancia la marco por el resto de su crecimiento, se interioriza en la relación de su hermana y su ex pareja. Y como si fuese poco en su actual experiencia dentro de la cárcel. 

Inicio de novela de Mónica Muñoz

"Cuando uno escribe, se está siempre al borde del fracaso,
sin saber si uno terminará por sucumbir a él,
 la incapacidad de hallar una forma que exprese la sensación inicial"
Natalie Sarraute
I-
        La voz de una mujer se filtra por la rejilla de ventilación del monoambiente donde vive Lila. Se le mete entre las piernas bronceadas como si fuera una lengua trapo mojado arrastrándose por su piel, subiendo morosa, dejando instantes de agua a su paso hasta llegar a la entrepierna que se le moja imprudente provocándole un estremecimiento. Esa voz le dobla la espalda. La espanta, le tuerce la boca en un gesto confuso, a medias dolor, a medias placer. Voz que tiembla y hace eco emergiendo de la oscuridad. Palabra tras palabra inunda el lugar y en este atardecer enciende luces verde neón, mientras los gemidos se van colgando del techo, de las paredes, buscan la ventana para escapar. Un soplido de viento caliente agita las sombras en el final del verano. Voz y sombras arman un baile dislocado, macabro. Se respira la tristeza, la congoja de ese corazón que habla. No hace falta verle la cara, saber su nombre, la voz pinta a la mujer de cuerpo entero. Puede ser joven o vieja, alta o flaca, gorda o no, pero es, sin dudas, una mujer triste. Por momentos hipa como si llorara bajito. Suspira largamente.
         Lila escribe mientras la voz la penetra. Se la ve afanarse sobre el papel, enderezar la espalda, volverla a doblar apretando fuerte sus piernas mojadas y su mano derecha frenética va de sus muslos calientes a las hojas gloria rayadas, las acomoda, busca la birome y se la lleva a la boca, la chupa infantil, larga el aire y mira el techo como si allí estuviera la salvación. Se levanta de la silla y va a la ventana, mientras la voz persiste, parece una canilla que gotea inclemente sobre un trapo abandonado en la pileta chas... chas... chas... ¿Es eso lo que mueve a Lila? ¿Cómo saberlo? Quién sabe lo que pasa en la cabeza de la gente. Un mismo gesto puede responder a tantas y  diferentes cosas.
          Lila está preocupada por su novela. No logra avanzar. Cuestión añosa que la perturba. ¿Será eso lo que escribe? Los bollos de papel en el suelo, sus movimientos, el ir y venir de la ventana a la mesa, al baño. Flaca, despeinada, descalza y con una camisa blanca desprendida que apenas le tapa la cola. El ventilador de techo gira lento. Otra clase de viento, otro suspirar. Y esa voz cavernosa, extramuros,  que todo lo pinta -o despinta, según se mire. Vivir en un edificio de esta metrópolis es considerar la existencia de un montón de historias apiladas, pegadas, que se mezclan en sus ruidos o palabras atravesando los tabiques finos. Ensalada rusa. Mercado persa. El collage que Berni evitó pintar.
          Todo parece amorfo, sin forma humana. Cómo hubiera podido pintarlo si en esta masa de gente reina la confusión, nada se distingue, como un gran poliedro de plastimasa de todos los colores bien mezclados, apretados. Así aparecen los grises o los colores innombrables. ¿Cómo nombrar un color que es medio rojo y medio verde, pero no es más rojo o más verde? Rojiverde no alcanza para denominar la confusión. Si se lo piensa bien, la palabra confusión es por sí misma amorfa. Sirve para todo y no dice nada. Eso es estar confundido. No saber que carajos pasa. Y la angustia es una pulpa sanguinolenta con vida propia quitando el aire, provocando gemidos.
         Hay una insistencia en esta voz de la rejilla que le vuela la cabeza. ¿Quién será? ¿Nunca va a parar? Lila no sabe qué hacer. Tomarla o dejarla. Toda pregunta tiene su respuesta. Esa voz ocupa mucho espacio. Es como un elefante en un bazar... ¡Ja! Qué linda manera de hablar de lindas cosas rotas. Porque para ella un bazar es un lugar lleno de copas finas de cristal que nunca podrá comprar, arañas con caireles, y no sabe cuántas piezas de porcelana japonesa. Le da mucha risa pensar en un elefante rosado inmenso. Una pata para adelante y ¡plaf! el juego de té, carísimo, echo pelota en el piso. Otro paso del elefante y ¡crash! un montón de copas de cristal convertidas en montañita brillosa.  
         Pero no, no es para reír, porque el bazar es su cabeza y su corazón. Y esta mujer loca se ha metido tanto en ella que le cambió la letra. Y  ahora Lila, tan loca como aquella, está hablando sola. Al menos la otra habla con alguien... ¿Habla con alguien? Esa voz sencilla que se mete como un trueno en medio de la noche silenciosa la asusta. Le recuerda a su madre. Su madre no gritaba, pero Lila temblaba de miedo mientras apretaba sus piernas para que no se notara el hilito de agua amarilla que no podía controlar. Su madre era como la reina de Alicia en el país de las maravillas. Le viene la idea del trono con una reina clavada con alfileres. ¡Tiene que ponerla en la novela! Lila tiene la oreja pinchada por las palabras de la otra mujer, palabras que son como alfileres con cabecitas de colores que la enloquecen.
         “Las ciudades son estrechas, pero también lo son las mentes. Superstición y peste. Pero ahora decimos: esto es así, más no permanecerá así. Pues todo se mueve, amigo mío” dice -de pronto- la desconocida desde su escondite. La cabeza de Lila cae nuevamente entre sus manos, se tapa las orejas. ¿Quién es la dueña de la voz?

Inicio de novela de Roberto de Bianchetti

Curvas y diagonales, y esquinas traicioneras, construyen un laberinto que encierra en su confusión inmóvil todo este drama. 
Buenos Aires, barrio Parque Chas, año mil novecientos ochenta y pico. Lunes, a principios del otoño, al final del día. El subinspector Cipriani llega tarde a la escena del crimen.

Fue el mismísimo comisario mayor Cipriani, ya sin los bigotes a reglamento de su juventud, quien me contó los secretos de este caso del que tanto se habló y que hizo del Chino Agüero una leyenda. Muchos de los pormenores e incluso varios de los elementos cardinales se me escapan de la memoria, o el comisario mayor no los incluyó o, esto también es probable, existieron como antónimos. Poco importa.
Una sobremesa nocturna. La cantina había cerrado las puertas pero nadie se atrevió a pedirnos que nos fuéramos. No al comisario mayor Cipriani. El hombre me hizo prometer que no se lo contaría a nadie, y yo, mirándolo a los ojos (dos miradas líquidas y vacilantes), golpeé la mesa con la palma, las botellas pegaron un salto, uno del los vasos se volcó desangrándose, y se lo juré por la memoria de mi madre.
Esta historia es parte de la historia del comisario Agüero, un investigador venerado en la fuerza. Y también es parte de la historia del comisario mayor Cipriani, cuando no hacía mucho que había entrado en la carrera, cuando recién comenzaba a bordear el cinismo y la ambición.
Agrego, quizá, algunas circunstancias e incidentes apócrifos para sostener la verosimilitud de la narración. Tampoco hay que creer todo lo que aquella noche balbuceó Cipriani, yo no lo hice, ¡tantas veces se contradijo!, pero nada de esto hace mella en lo que fue el comisario Agüero, el Chino Agüero o el Negro Agüero; ni en lo que se habló de él, ni en lo que dicen que hizo o que no hizo.
Las verdades, las dudas y las mentiras, diseñan a su manera otro laberinto.
*
El subinspector Cipriani llegó apurado, “barrio de mierda”. En el zaguán del ph el comisario Agüero fumaba. Las luces del patrullero rayaban ida y vuelta de azul y rojo el ventanal de la panadería vecina a esa hora cerrada. Cipriani se disculpó. El jefe tiró el pucho al suelo y entró sin mirarlo. Un corredor inacabable salteaba varias puertas cerradas hasta llegar al fondo donde un agente se mimetizaba con la penumbra y las paredes descascarilladas. Si el joven Cipriani hubiera sabido hacia donde lo llevaba aquel pasillo, quizá se habría escapado bien lejos.
El comisario Agüero entró primero. Dos suboficiales saturaban el espacio. Cipriani tardó un buen rato en percibir la escena, todavía le faltaba mucho por aprender.
Una sala cuadrada. A la izquierda había un ventanal con las puertas entornadas; sin embargo, pesaba el olor a encierro. Los visillos corridos estaban a punto de caerse y espiaban hacia el patio. En el centro, una mesa de madera de puntas y bordes afilados. Del lado derecho, un pequeño distribuidor permitía vislumbrar los azulejos de la cocina y una biblioteca desbordada ocupaba el resto de la pared. Cipriani se preguntó quién podría estar interesado en leer tantos libros. La luz venía de un plafond manchado de siluetas de polillas muertas. El piso era de parquet oscuro. Las pisadas lo hacían crujir. Estas son las precisiones que un policía no olvida, aquella sala seguramente era tal cual me la describió Cipriani. Había un sofá de dos cuerpos y arriba, una lámina de paisaje campestre.
De espaldas al ventanal, sentado a la mesa, en una posición un tanto incómoda, con los brazos colgándole a los lados como cansados por un gran esfuerzo, un hombre. Flaco, posiblemente alto, bigotones negros y pelo corto también demasiado negro, Cipriani supuso que si buscaba en el botiquín del baño podría encontrar la tintura. El rostro ajado, pálido, picado de viruela.
Uno de los suboficiales lo presentó: 
- El profesor Esteban…
Las yemas de sus dedos violáceas, los labios también, la mirada seca apuntando a un lugar imposible y el puñal enterrado perramente en medio del pecho, lo mataban. 
- ¡A la puta! – exclamó Cipriani. La hoja de acero firme en el borde prolijo de la herida le parecía surrealista.



Proyecto de novela
Tres cuetazos en las patas, tres le voy a dar a este hijo de puta. Juró que iba a guardar el secreto y se mandó una novela. Cien páginas se mandó. Ni respetó los nombres. Hijo de puta. También yo… ¡qué boludo! Le conté la verdad del caso del Chino Agüero. Le conté cuando yo recién empezaba y me pusieron de asistente del Chino. Mil nueve ochenta y algo… El comisario Agüero era el mejor, aunque no todos lo querían. Apareció un tipo con un cuchillazo en el pecho. El Chino llevó la investigación. La resolvió en una mañana, robo con homicidio. Pero era bolazo. Él mismo había matado al tipo. Me lo dijo a mí solo. Lo relató con detalles. Estábamos los dos solitos.  Me temblaban las patas. El muerto era el responsable de un robo a una financiera, Agüero lo había descubierto. La clave de la investigación había sido un libro de Borges, y un cuento en espacial: “El jardín de los senderos que se bifurcan”, un cuentazo. Yo nunca había leído nada de ese viejo y casi me hago especialista. El Chino mató al chorro en defensa propia, eso dijo. Yo tenía un miedo bárbaro, pero era muy ambicioso. No llegué a comisario mayor por tibio. Al principio le creí, pero había cosas que no me cerraban. Hice averiguaciones por mi cuenta. Todo esto le conté a este hijo de puta en la sobremesa. Tres cuetazos le voy a dar. Descubrí que todo era una mentira del Chino, que él había sido cómplice del robo, que aquella historia del cuento de Borges era una puesta en escena. ¿Sabés por qué lo descubrí? Es gracioso, por otro cuento, “Tema del traidor y del héroe”. Ahí estaba la clave. Mandé al Chino a la cárcel. Yo, al Chino, al mejor de todos. Murió engayolado, lo mataron. Más de uno se la tenía jurada. Todo esto le conté a este hijo de puta. Se aprovechó de la curda que tenía, siempre se me afloja la lengua. Hijo de puta. Tres cuetazos le voy a dar cuando lo vea. Le voy a sacar las ganas de andar contando secretos. Tres cuetazos en las patas le voy a dar.