lunes, 27 de junio de 2016

Inicio de novela de Roberto de Bianchetti

Curvas y diagonales, y esquinas traicioneras, construyen un laberinto que encierra en su confusión inmóvil todo este drama. 
Buenos Aires, barrio Parque Chas, año mil novecientos ochenta y pico. Lunes, a principios del otoño, al final del día. El subinspector Cipriani llega tarde a la escena del crimen.

Fue el mismísimo comisario mayor Cipriani, ya sin los bigotes a reglamento de su juventud, quien me contó los secretos de este caso del que tanto se habló y que hizo del Chino Agüero una leyenda. Muchos de los pormenores e incluso varios de los elementos cardinales se me escapan de la memoria, o el comisario mayor no los incluyó o, esto también es probable, existieron como antónimos. Poco importa.
Una sobremesa nocturna. La cantina había cerrado las puertas pero nadie se atrevió a pedirnos que nos fuéramos. No al comisario mayor Cipriani. El hombre me hizo prometer que no se lo contaría a nadie, y yo, mirándolo a los ojos (dos miradas líquidas y vacilantes), golpeé la mesa con la palma, las botellas pegaron un salto, uno del los vasos se volcó desangrándose, y se lo juré por la memoria de mi madre.
Esta historia es parte de la historia del comisario Agüero, un investigador venerado en la fuerza. Y también es parte de la historia del comisario mayor Cipriani, cuando no hacía mucho que había entrado en la carrera, cuando recién comenzaba a bordear el cinismo y la ambición.
Agrego, quizá, algunas circunstancias e incidentes apócrifos para sostener la verosimilitud de la narración. Tampoco hay que creer todo lo que aquella noche balbuceó Cipriani, yo no lo hice, ¡tantas veces se contradijo!, pero nada de esto hace mella en lo que fue el comisario Agüero, el Chino Agüero o el Negro Agüero; ni en lo que se habló de él, ni en lo que dicen que hizo o que no hizo.
Las verdades, las dudas y las mentiras, diseñan a su manera otro laberinto.
*
El subinspector Cipriani llegó apurado, “barrio de mierda”. En el zaguán del ph el comisario Agüero fumaba. Las luces del patrullero rayaban ida y vuelta de azul y rojo el ventanal de la panadería vecina a esa hora cerrada. Cipriani se disculpó. El jefe tiró el pucho al suelo y entró sin mirarlo. Un corredor inacabable salteaba varias puertas cerradas hasta llegar al fondo donde un agente se mimetizaba con la penumbra y las paredes descascarilladas. Si el joven Cipriani hubiera sabido hacia donde lo llevaba aquel pasillo, quizá se habría escapado bien lejos.
El comisario Agüero entró primero. Dos suboficiales saturaban el espacio. Cipriani tardó un buen rato en percibir la escena, todavía le faltaba mucho por aprender.
Una sala cuadrada. A la izquierda había un ventanal con las puertas entornadas; sin embargo, pesaba el olor a encierro. Los visillos corridos estaban a punto de caerse y espiaban hacia el patio. En el centro, una mesa de madera de puntas y bordes afilados. Del lado derecho, un pequeño distribuidor permitía vislumbrar los azulejos de la cocina y una biblioteca desbordada ocupaba el resto de la pared. Cipriani se preguntó quién podría estar interesado en leer tantos libros. La luz venía de un plafond manchado de siluetas de polillas muertas. El piso era de parquet oscuro. Las pisadas lo hacían crujir. Estas son las precisiones que un policía no olvida, aquella sala seguramente era tal cual me la describió Cipriani. Había un sofá de dos cuerpos y arriba, una lámina de paisaje campestre.
De espaldas al ventanal, sentado a la mesa, en una posición un tanto incómoda, con los brazos colgándole a los lados como cansados por un gran esfuerzo, un hombre. Flaco, posiblemente alto, bigotones negros y pelo corto también demasiado negro, Cipriani supuso que si buscaba en el botiquín del baño podría encontrar la tintura. El rostro ajado, pálido, picado de viruela.
Uno de los suboficiales lo presentó: 
- El profesor Esteban…
Las yemas de sus dedos violáceas, los labios también, la mirada seca apuntando a un lugar imposible y el puñal enterrado perramente en medio del pecho, lo mataban. 
- ¡A la puta! – exclamó Cipriani. La hoja de acero firme en el borde prolijo de la herida le parecía surrealista.



Proyecto de novela
Tres cuetazos en las patas, tres le voy a dar a este hijo de puta. Juró que iba a guardar el secreto y se mandó una novela. Cien páginas se mandó. Ni respetó los nombres. Hijo de puta. También yo… ¡qué boludo! Le conté la verdad del caso del Chino Agüero. Le conté cuando yo recién empezaba y me pusieron de asistente del Chino. Mil nueve ochenta y algo… El comisario Agüero era el mejor, aunque no todos lo querían. Apareció un tipo con un cuchillazo en el pecho. El Chino llevó la investigación. La resolvió en una mañana, robo con homicidio. Pero era bolazo. Él mismo había matado al tipo. Me lo dijo a mí solo. Lo relató con detalles. Estábamos los dos solitos.  Me temblaban las patas. El muerto era el responsable de un robo a una financiera, Agüero lo había descubierto. La clave de la investigación había sido un libro de Borges, y un cuento en espacial: “El jardín de los senderos que se bifurcan”, un cuentazo. Yo nunca había leído nada de ese viejo y casi me hago especialista. El Chino mató al chorro en defensa propia, eso dijo. Yo tenía un miedo bárbaro, pero era muy ambicioso. No llegué a comisario mayor por tibio. Al principio le creí, pero había cosas que no me cerraban. Hice averiguaciones por mi cuenta. Todo esto le conté a este hijo de puta en la sobremesa. Tres cuetazos le voy a dar. Descubrí que todo era una mentira del Chino, que él había sido cómplice del robo, que aquella historia del cuento de Borges era una puesta en escena. ¿Sabés por qué lo descubrí? Es gracioso, por otro cuento, “Tema del traidor y del héroe”. Ahí estaba la clave. Mandé al Chino a la cárcel. Yo, al Chino, al mejor de todos. Murió engayolado, lo mataron. Más de uno se la tenía jurada. Todo esto le conté a este hijo de puta. Se aprovechó de la curda que tenía, siempre se me afloja la lengua. Hijo de puta. Tres cuetazos le voy a dar cuando lo vea. Le voy a sacar las ganas de andar contando secretos. Tres cuetazos en las patas le voy a dar.

Desaceleración de Roberto de Bianchetti

Hubo un intervalo extraño en la sobremesa. Se repetiría alguna vez más. Vaya uno a saber por qué, los dos asomamos la cabeza por encima de las brumas del vino. Fue una bocanada de aire, un instante de más lucidez. El comisario mayor aseguraba que si había algo de lo que nunca se olvidaría, era la manera en que el negro Agüero le contó cómo había sido aquella estocada cuchillera.
<En el momento en que se prendieron los motores de la panadería, me le fui encima con un paso largo y con el puñal en punta. Lo tuve escondido en la manga del saco todo el tiempo. Me sorprende que Esteban no se hubiera dado cuenta. Llegué hasta que la cruz chocó contra el pecho. No me acuerdo si gritó, pero te juro que todavía tengo en la mano la memoria de todo lo que pasó: ¡Tic!, saltó un botón partido por la mitad... La hoja fue cortando la piel. Antes, la camisa y el algodón de la camiseta que llevaba debajo. Sentí la tela rasgándose. La muñeca resistió la dureza del cartílago que une las costillas con el esternón, también me resonó en el codo. Atravesaba decididamente el músculo, fibra a fibra… ¡Qué distinta es la carne de un cristiano!>
<Debo haber llegado al pulmón porque escuché el silbido del aire que se escapaba. Lo escuché como si le prestara atención a una nota de violín interminable que se interrumpió de golpe por el borbotón que empezó a salir de la herida. Los cinco dedos sintieron al corazón abollándose como un globo para enseguida desgarrarse por el filo del fierro.>
<Quedé cara a cara con Esteban. Olí su aliento agrio. Vi los ojos abiertos que no entendían lo que le estaba pasando. Vi en su mueca, la sorpresa. Vi en las pupilas que se dilataban mi figura reflejada dos veces, deformada y esférica. Vi, diminuta, mi cara de espanto. Dos veces la vi. No quise reconocerme en ellas, pero era yo… Dos veces…> 
<Las pupilas se cerraron con la misma rapidez con la que se habían abierto. La muerte las fue opacando y las dos imágenes se apagaron y se dejaron de ver. Mi mano oyó cómo se interrumpía el último latido.>   
<Desde el piso vi cómo los estertores le sacudieron los hombros como si quisieran despertarlo. Qué curioso, me hizo acordar a las monerías de un payaso de mi infancia.>
<Esteban quedó colgado de lo que fue, de lo que ya no era. Yo acababa de matarlo.>