Curvas
y diagonales, y esquinas traicioneras, construyen un laberinto que encierra en
su confusión inmóvil todo este drama.
Buenos
Aires, barrio Parque Chas, año mil novecientos ochenta y pico. Lunes, a
principios del otoño, al final del día. El subinspector Cipriani llega tarde a
la escena del crimen.
Fue
el mismísimo comisario mayor Cipriani, ya sin los bigotes a reglamento de su
juventud, quien me contó los secretos de este caso del que tanto se habló y que
hizo del Chino Agüero una leyenda. Muchos de los pormenores e incluso varios de
los elementos cardinales se me escapan de la memoria, o el comisario mayor no
los incluyó o, esto también es probable, existieron como antónimos. Poco
importa.
Una
sobremesa nocturna. La cantina había cerrado las puertas pero nadie se atrevió
a pedirnos que nos fuéramos. No al comisario mayor Cipriani. El hombre me hizo
prometer que no se lo contaría a nadie, y yo, mirándolo a los ojos (dos miradas
líquidas y vacilantes), golpeé la mesa con la palma, las botellas pegaron un
salto, uno del los vasos se volcó desangrándose, y se lo juré por la memoria de
mi madre.
Esta
historia es parte de la historia del comisario Agüero, un investigador venerado
en la fuerza. Y también es parte de la historia del comisario mayor Cipriani,
cuando no hacía mucho que había entrado en la carrera, cuando recién comenzaba
a bordear el cinismo y la ambición.
Agrego,
quizá, algunas circunstancias e incidentes apócrifos para sostener la
verosimilitud de la narración. Tampoco hay que creer todo lo que aquella noche
balbuceó Cipriani, yo no lo hice, ¡tantas veces se contradijo!, pero nada de
esto hace mella en lo que fue el comisario Agüero, el Chino Agüero o el Negro
Agüero; ni en lo que se habló de él, ni en lo que dicen que hizo o que no hizo.
Las
verdades, las dudas y las mentiras, diseñan a su manera otro laberinto.
*
El
subinspector Cipriani llegó apurado, “barrio de mierda”. En el zaguán del ph el
comisario Agüero fumaba. Las luces del patrullero rayaban ida y vuelta de azul
y rojo el ventanal de la panadería vecina a esa hora cerrada. Cipriani se
disculpó. El jefe tiró el pucho al suelo y entró sin mirarlo. Un corredor
inacabable salteaba varias puertas cerradas hasta llegar al fondo donde un
agente se mimetizaba con la penumbra y las paredes descascarilladas. Si el
joven Cipriani hubiera sabido hacia donde lo llevaba aquel pasillo, quizá se
habría escapado bien lejos.
El
comisario Agüero entró primero. Dos suboficiales saturaban el espacio. Cipriani
tardó un buen rato en percibir la escena, todavía le faltaba mucho por
aprender.
Una
sala cuadrada. A la izquierda había un ventanal con las puertas entornadas; sin
embargo, pesaba el olor a encierro. Los visillos corridos estaban a punto de
caerse y espiaban hacia el patio. En el centro, una mesa de madera de puntas y
bordes afilados. Del lado derecho, un pequeño distribuidor permitía vislumbrar
los azulejos de la cocina y una biblioteca desbordada ocupaba el resto de la
pared. Cipriani se preguntó quién podría estar interesado en leer tantos
libros. La luz venía de un plafond manchado de siluetas de polillas muertas. El
piso era de parquet oscuro. Las pisadas lo hacían crujir. Estas son las
precisiones que un policía no olvida, aquella sala seguramente era tal cual me
la describió Cipriani. Había un sofá de dos cuerpos y arriba, una lámina de
paisaje campestre.
De
espaldas al ventanal, sentado a la mesa, en una posición un tanto incómoda, con
los brazos colgándole a los lados como cansados por un gran esfuerzo, un
hombre. Flaco, posiblemente alto, bigotones negros y pelo corto también
demasiado negro, Cipriani supuso que si buscaba en el botiquín del baño podría
encontrar la tintura. El rostro ajado, pálido, picado de viruela.
Uno
de los suboficiales lo presentó:
-
El profesor Esteban…
Las
yemas de sus dedos violáceas, los labios también, la mirada seca apuntando a un
lugar imposible y el puñal enterrado perramente en medio del pecho, lo
mataban.
-
¡A la puta! – exclamó Cipriani. La hoja de acero firme en el borde prolijo de
la herida le parecía surrealista.
Proyecto de novela
Proyecto de novela
Tres
cuetazos en las patas, tres le voy a dar a este hijo de puta. Juró que iba a
guardar el secreto y se mandó una novela. Cien páginas se mandó. Ni respetó los
nombres. Hijo de puta. También yo… ¡qué boludo! Le conté la verdad del caso del
Chino Agüero. Le conté cuando yo recién empezaba y me pusieron de asistente del
Chino. Mil nueve ochenta y algo… El comisario Agüero era el mejor, aunque no
todos lo querían. Apareció un tipo con un cuchillazo en el pecho. El Chino
llevó la investigación. La resolvió en una mañana, robo con homicidio. Pero era
bolazo. Él mismo había matado al tipo. Me lo dijo a mí solo. Lo relató con
detalles. Estábamos los dos solitos. Me
temblaban las patas. El muerto era el responsable de un robo a una financiera,
Agüero lo había descubierto. La clave de la investigación había sido un libro
de Borges, y un cuento en espacial: “El jardín de los senderos que se bifurcan”,
un cuentazo. Yo nunca había leído nada de ese viejo y casi me hago
especialista. El Chino mató al chorro en defensa propia, eso dijo. Yo tenía un
miedo bárbaro, pero era muy ambicioso. No llegué a comisario mayor por tibio.
Al principio le creí, pero había cosas que no me cerraban. Hice averiguaciones
por mi cuenta. Todo esto le conté a este hijo de puta en la sobremesa. Tres
cuetazos le voy a dar. Descubrí que todo era una mentira del Chino, que él
había sido cómplice del robo, que aquella historia del cuento de Borges era una
puesta en escena. ¿Sabés por qué lo descubrí? Es gracioso, por otro cuento,
“Tema del traidor y del héroe”. Ahí estaba la clave. Mandé al Chino a la
cárcel. Yo, al Chino, al mejor de todos. Murió engayolado, lo mataron. Más de
uno se la tenía jurada. Todo esto le conté a este hijo de puta. Se aprovechó de
la curda que tenía, siempre se me afloja la lengua. Hijo de puta. Tres cuetazos
le voy a dar cuando lo vea. Le voy a sacar las ganas de andar contando
secretos. Tres cuetazos en las patas le voy a dar.