La
noche que el puesto del Bigotes ardió hasta los cimientos, en un incendio que iluminó
Plaza Italia hasta la madrugada, Limón había cerrado temprano para acompañar a
la Flaca al médico.
Ella
se lo había hecho prometer muchas veces, y el Limón sabía que le tenía que
cumplir. Fue la ejecución de esa promesa lo que le salvó la vida y evitó,
además, que los libros del puesto ardieran en una sola antorcha. Años más
tarde, los memoriosos seguirían hablando en los cafés de la noche de la quema
del puesto, y de cómo sucedieron las cosas.
Nada
hizo prever la catástrofe: Limón cerró las puertas metálicas, como todos los
días, puso el candado y se paró a fumar
una tuca con el Gallego. El viaje hasta Munro era largo y en el mal horario,
así que supo que viajaría parado desde que se sumó a las colas que serpenteaban
en el andén de Retiro.
Eso
le dejó la cabeza libre para volver a pensar en lo mismo: El Chueco, la feria;
el Chueco, la feria. Esos dos pensamientos eran un mantra que le taladraba la
cabeza. Ya no aguantaba más.
-Un
día de estos voy a matar a ese hijo de puta y voy a ir preso - le había dicho
al Enano el sábado anterior, mientras se tomaban una fresca y compartían un
faso – Y lo peor es que no lo vale, yo sé que ese sorete mal cagado no lo vale,
Enano. Pero no sabés con qué ganas me lo llevaría puesto. No sabés –
Ahora,
con el hombro apretado contra el vidrio de la puerta del tren, viendo pasar la
noche que se enturbiaba, la cara del Chuequito se le volvió a presentar nítida
en la cabeza.
-
Hijo de re mil putas – murmuró el Limón.
El
Chueco y su bandita habían empezado a ranchar en el territorio de la feria
cuatro meses atrás, unos fantasmas desdibujados, sucios y asexuados, que se
movían como en relé, con los dedos negros del hollín de la lata y llagas de
quemaduras en el borde de la boca.
Desde
entonces, nadie había vuelto a tener paz.
Al
principio, dormían al costado de los puestos, una noche sí y otra no. Los más
perjudicados eran los de las puntas, como el del Bigotes, porque era contra los
que apoyaban los colchones para dormir. El olor a meo se volvió insoportable con el calor, así que había que
abrir antes y baldear las veredas todas las mañanas.
Ya
el laburo en sí era una puta mierda, pero el Chuequito y compañía lo elevaron a
la categoría de insufrible. Por lo menos una vez a la semana, el Limón se
juraba que nunca más, basta, ya fue.
El
asunto era la Flaca. No, la Flaca no. El pibe.
-
Hacé lo quieras, Limón. Pero no podés quedarte justo ahora sin laburo. Me lo
prometiste -. Era verdad. Él le había prometido aguantar y por eso habían
decidido ir adelante con la panza, como le decían los dos al embarazo que ya
entraba en el quinto mes.- Y encima por unos cabezas fisurados. ¿Vos te creés
que te lo hacen ¡a vos!, a propósito? Esos pibes son unos walking dead, Limón.
De
eso el Limón no estaba tan convencido. Bastaba con mirar a los ojos una vez al
Chueco, para saber que el chabón de zombie ni la punta. Eso era lo que más lo
emputaba, pero qué le iba a explicar a la Flaca.
Así
que al día siguiente, volvía al puesto y a las eternas peleas con el Bigotes.
Vuelta a que la plata es corta, no me cierran los números, vendo mucho y no
comisiono nada. Vuelta al llegás siempre tarde, no se vende nada, lo que entra
no da para dos. La historia de nunca acabar, el pan de cada día de la gente de
la feria.
El
Limón arrancaba las mañanas rabiando, y rabiando se iba a dormir, por más que la
Flaca tratara de hacerle prestar atención a la llegada del hijo, a la panza que
se movía, a las batitas nuevas que le traía la madre del Once cuando iba a buscar mercadería.
Pero
fue con la llegada de la Mostrito que arrancó el bardo grosso.
Hasta
entonces, el Limón llegaba a abrir y no había otra cosa que el meo chorreando
contra las chapas del puesto. Pero la mañana que se encontró el colchón de dos
plazas al costado del puesto, y sentada
sobre él a la Mostrito, que se peinaba los pelos finitos y grasientos con los
dedos, como una reina en el exilio, arrancó el verdadero rock and roll.
El
tren entró en la estación, como un gusano ciego. Las luces amarillas alumbraron
el andén. El Limón se acomodó la mochila
en el hombro y encaró las pocas cuadras que lo separaban de su casa. Caminaba
despacio, con los hombros cargados hacia adelante, los pies separados.
Fumó,
mirando sin ver, con su sombra partida en el ángulo de las casas, pisando los
yuyales de las veredas rotas.
En
la casita rosa de la calle Olaguer, la Flaca escuchó el ruido de la llave en la
cerradura y se alisó el pelo con las manos. Era alta, con unos ojos miopes que
le volvían más dulce la mirada dulce. Tenía una voz fuerte y atiplada, que se
alzaba cuando hablaba de algo que la entusiasmaba. Entonces el Limón la
chistaba; chist, bajá la voz, Flaca, no grités. Ella pedía disculpas enseguida,
con cara de nena; uy, me zarpé, perdón, decía. El chistido y el gesto brusco de
él la mandaban a callar y ella acataba, dócil.
El
Limón sabía que la alegría de ella era el aire que él necesitaba respirar, pero
en el último tiempo el malhumor era más fuerte que él, lo ahogaba, le comía la
cabeza.
Hasta
dormido, se agitaba en sueños y hacía rechinar los dientes con un sonido
estremecedor.