jueves, 25 de agosto de 2016

última autobiografía

Parto de mi ignorancia y arrogancia.
Sepan que nací y me crié en el caos.
"La moral" es la única estructura que sostiene esta carne.
Este conjunto mutante
de tripas ionizadas
Saltando eternamente.
Algo abre mi corazón
Y recorre mi cuerpo de lado a lado
en dos posibles sentidos.
Tengo el sexo destruido
por el choque a su encuentro,
atrae tanto que aleja.
De eso se trata la gravitación.
Es mi sombra, la traidora,
la única amiga por apego
y compasión.
De los impulsos más hostiles,
alzo mi mano con un martillo.
De las estrellas más distantes,
viajo por el tiempo buscando oro.
En esta vida busco la luz.
Fotografiar le dicen,
meditar le dicen,
buscarse a sí mismo, le dicen.
Algo de eso ilumina mi camino.

_

Subido por Aldana Antoni

última autobiografía

Parto de mi ignorancia y arrogancia.
Sepan que nací y me crié en el caos.
"La moral" es la única estructura que sostiene esta carne.
Este conjunto mutante
de tripas ionizadas
Saltando eternamente.
Algo abre mi corazón
Y recorre mi cuerpo de lado a lado
en dos posibles sentidos.
Tengo el sexo destruido
por el choque a su encuentro,
atrae tanto que aleja.
De eso se trata la gravitación.
Es mi sombra, la traidora,
la única amiga por apego
y compasión.
De los impulsos más hostiles,
alzo mi mano con un martillo.
De las estrellas más distantes,
viajo por el tiempo buscando oro.
En esta vida busco la luz.
Fotografiar le dicen,
meditar le dicen,
buscarse a sí mismo, le dicen.
Algo de eso ilumina mi camino.

_

Subido por Aldana Antoni

miércoles, 20 de julio de 2016

Cadáveres exquisitos del último día de taller


Transcribo:

Es el amor. Debo quedarme o huir.

¿Debo recorrer los vericuetos del laberinto?

¿Tal como he recorrido los vericuetos de mi alma?

La pregunta me molestó durante todo el día.

Esa pregunta de mierda, cómo me gustaría dejar de pensar en eso y pensar solamente en

la nada misma, nada de nada, vegetar apenas

mientras el humo del cigarrillo en su mano crea formas

psicodélicas, se mete dentro de ellas y se pierde en

las gargantas de las personas que no paran de gritar

de vociferar cosas sin sentido e insultando como si nada.

Como si nada fuera insultar al vecino de mesa en la Academia porque solo pidió agua... agua

¡agua!¡agua! aguacero aguardentoso aguardando la venida del agua

fue el inicio del fin de nuestra amada tierra.

Tierra. Tie - rra. Me gusta esa palabra. Erre con erre, guitarra.

Ese instrumento horrible, el arpa es mejor, soy Orfeo.

Soy Orfeo, el más feo y si me enojo te meo, feo!

¿Creíste que soy sensible? Si te agarro te dejo inservible.

¿No sabías que mi especialidad es destruir psicológicamente

a la gente? Si, contando los finales de los libros. Arruinando sus vidas.

Pero también dando la posibilidad de elegir

modos de mirar

Colores que recolectar en el iris, trozos de conversaciones que guardar en la memoria

los placeres de una infancia turbulenta,

como esquema de Toulmin.



jueves, 30 de junio de 2016

Poema "Falso Haiku"- Gaby Mena

doy luz
hago los pétalos
pero

no soy la rosa

Poema "Cuartos de Hotel"- Gaby Mena

Cuartos de Hotel
                                                             a mis hijos Martina, León y Francis

Ahora que el mundo hace silencio debería contarles
que hoy pensé en escribir el paisaje que transito
esta meseta patagónica barrida por el viento
un horizonte de aeropuerto con aviones
que tanto me gustan
y el recuerdo de otros años
cuando aún no sabía que nada es eterno.

(apenas una frágil cáscara de huevo
la vida
pero les juro yo no sabía nada de nada
apenas  tenía miedo
el de siempre
este mismo que tengo ahora
pero todavía no estaba acostumbrada a él
y tampoco conocía las endebles rutinas
que hoy me amarran a la vida)

Ahora que todos se han ido, por fin,
a cualquier parte
y que yo estoy una vez más, sola en un cuarto de hotel
como tantas, tantas veces
debería contarles
que todo es vertiginoso en su quietud
que he buscado las respuestas
y sólo encontré preguntas y más preguntas
cuyas respuestas encontré
cuando ya no tenían ninguna importancia.

Ahora, que estoy por fin en paz conmigo
debería contarles
que mi vida se resume a círculos concéntricos
de unas pocas cosas repetidas
la soledad, los aviones, los cuartos de hotel
los lugares del mundo entero
en los que he abierto mi equipaje
una y otra  y otra vez
los viajes como un destino
las valijas como una condena
la soledad como única compañía
de esta mujer que soy
en los cuartos de hotel innumerables.

Ahora , que estoy aquí y ahora
sola y escribiendo,
el sonido de un avión despegando
rompe el silencio del cuarto
y refrenda el poema, lo confirma
lo vuelve cierto y real
de carne y hueso
mucho
mucho más de carne y hueso
que esta Gabriela misma que soy y escribe
en un cuarto de hotel
una vez más.

Desaceleración de Gaby Mena

(formará parte de la novela)

 Vio cruzar la avenida al Chuequito. Venía corriendo en diagonal hacia el puesto, agachado y con la mano derecha rozando el asfalto. Al principio, el Limón no entendió por qué le salían chispas de los dedos, hasta que se rescató y pegó el grito. El Chuequito sonrió y embistió.
La Flaca se dio vuelta y abrió los brazos, justo a tiempo para recibir la faca en el costado del vientre. El mango improvisado con cinta aisladora roja pronto se confundió con el rojo de la sangre.
Primero fue el borbollón de espuma blanca, que coronó el tajo como si fuera una puntilla. Después, la lágrima de sangre que mojó apenas el vestido, anticipando el chorro que empezó a manar de la herida. Una flor se empezó a dibujar en el vestidito blanco que se curvaba apenas sobre la panza de la mujer. Al principio fue sólo un pétalo redondo, que se extendió hacia el centro, pero con lentitud otros pétalos se abrieron, floreciendo en todo el flanco izquierdo de la Flaca. Ella se tambaleó hacia atrás y hacia adelante y la flor creció y creció, hasta abarcar su vientre como si tuviera vida propia y se meciera con el viento.
Ella giró sobre sí misma, con las manos todavía abiertas, en un gesto de recibir, de abrazar, de bienvenida, y levantó la mirada hacia el Limón, como quien pregunta. El mango de la faca le sobresalía en el costado y se recortaba sobre el fondo de baldosas mugrientas que era el piso de la feria.
La mancha de sangre se volvió una baba que chorreaba, ya no era una flor, era un enorme gargajo sangriento, un alien que nacía a dentelladas, abriéndose paso hasta alcanzar el ruedo del vestido de la mujer y goteaba, goteaba y ellos dos se miraban, el silencio era una burbuja que los envolvía, los colectivos seguían pasando y la gente gritaba sin voz alrededor de ellos, alguien puso el mute, pensó el Limón, no te escucho, no puedo oírte, qué decís, no ves que no te oigo Flaca no te
La Flaca bajó la mano, se arrancó el acero del cuerpo y de repente volvió todo junto, el ruido de la faca contra el suelo, el movimiento, la sangre la sangre la sangre y ella trastabillando y cayendo, cayendo y él atajándola justo a tiempo y los gritos y las bocinas y la voz de gorrión de ella repitiendo en una cantinela imposible la panza Limón la panza Limón la panza Limón la panza Limón. Alguien gritó agarrenló. Nadie entendió bien lo que había pasado hasta que la voz del Limón rajó la tarde de Plaza Italia.
-¡Hijo de puta! ¡Fue el Chueco! ¡Hijo de puta! ¡Hijo de puta! ¡Agarrenló!

Inicio de Novela de Gaby Mena

La noche que el puesto del Bigotes ardió hasta los cimientos, en un incendio que iluminó Plaza Italia hasta la madrugada, Limón había cerrado temprano para acompañar a la Flaca al médico.
Ella se lo había hecho prometer muchas veces, y el Limón sabía que le tenía que cumplir. Fue la ejecución de esa promesa lo que le salvó la vida y evitó, además, que los libros del puesto ardieran en una sola antorcha. Años más tarde, los memoriosos seguirían hablando en los cafés de la noche de la quema del puesto, y de cómo sucedieron las cosas.
Nada hizo prever la catástrofe: Limón cerró las puertas metálicas, como todos los días,  puso el candado y se paró a fumar una tuca con el Gallego. El viaje hasta Munro era largo y en el mal horario, así que supo que viajaría parado desde que se sumó a las colas que serpenteaban en el andén de Retiro.
Eso le dejó la cabeza libre para volver a pensar en lo mismo: El Chueco, la feria; el Chueco, la feria. Esos dos pensamientos eran un mantra que le taladraba la cabeza. Ya no aguantaba más.
-Un día de estos voy a matar a ese hijo de puta y voy a ir preso - le había dicho al Enano el sábado anterior, mientras se tomaban una fresca y compartían un faso – Y lo peor es que no lo vale, yo sé que ese sorete mal cagado no lo vale, Enano. Pero no sabés con qué ganas me lo llevaría puesto. No sabés –
Ahora, con el hombro apretado contra el vidrio de la puerta del tren, viendo pasar la noche que se enturbiaba, la cara del Chuequito se le volvió a presentar nítida en la cabeza.
- Hijo de re mil putas – murmuró el Limón.
El Chueco y su bandita habían empezado a ranchar en el territorio de la feria cuatro meses atrás, unos fantasmas desdibujados, sucios y asexuados, que se movían como en relé, con los dedos negros del hollín de la lata y llagas de quemaduras en el borde de la boca.
Desde entonces, nadie había vuelto a tener paz.
Al principio, dormían al costado de los puestos, una noche sí y otra no. Los más perjudicados eran los de las puntas, como el del Bigotes, porque era contra los que apoyaban los colchones para dormir. El olor a meo se volvió  insoportable con el calor, así que había que abrir antes y baldear las veredas todas las mañanas.
Ya el laburo en sí era una puta mierda, pero el Chuequito y compañía lo elevaron a la categoría de insufrible. Por lo menos una vez a la semana, el Limón se juraba que nunca más, basta, ya fue.
El asunto era la Flaca. No, la Flaca no. El pibe.
- Hacé lo quieras, Limón. Pero no podés quedarte justo ahora sin laburo. Me lo prometiste -. Era verdad. Él le había prometido aguantar y por eso habían decidido ir adelante con la panza, como le decían los dos al embarazo que ya entraba en el quinto mes.- Y encima por unos cabezas fisurados. ¿Vos te creés que te lo hacen ¡a vos!, a propósito? Esos pibes son unos walking dead, Limón.
De eso el Limón no estaba tan convencido. Bastaba con mirar a los ojos una vez al Chueco, para saber que el chabón de zombie ni la punta. Eso era lo que más lo emputaba, pero qué le iba a explicar a la Flaca.
Así que al día siguiente, volvía al puesto y a las eternas peleas con el Bigotes. Vuelta a que la plata es corta, no me cierran los números, vendo mucho y no comisiono nada. Vuelta al llegás siempre tarde, no se vende nada, lo que entra no da para dos. La historia de nunca acabar, el pan de cada día de la gente de la feria.
El Limón arrancaba las mañanas rabiando, y rabiando se iba a dormir, por más que la Flaca tratara de hacerle prestar atención a la llegada del hijo, a la panza que se movía, a las batitas nuevas que le traía la madre del Once cuando iba  a buscar mercadería.
Pero fue con la llegada de la Mostrito que arrancó el bardo grosso.
Hasta entonces, el Limón llegaba a abrir y no había otra cosa que el meo chorreando contra las chapas del puesto. Pero la mañana que se encontró el colchón de dos plazas al costado del puesto, y  sentada sobre él a la Mostrito, que se peinaba los pelos finitos y grasientos con los dedos, como una reina en el exilio, arrancó el verdadero rock and roll.

El tren entró en la estación, como un gusano ciego. Las luces amarillas alumbraron el andén. El Limón se acomodó la  mochila en el hombro y encaró las pocas cuadras que lo separaban de su casa. Caminaba despacio, con los hombros cargados hacia adelante, los pies separados.
Fumó, mirando sin ver, con su sombra partida en el ángulo de las casas, pisando los yuyales de las veredas rotas.
En la casita rosa de la calle Olaguer, la Flaca escuchó el ruido de la llave en la cerradura y se alisó el pelo con las manos. Era alta, con unos ojos miopes que le volvían más dulce la mirada dulce. Tenía una voz fuerte y atiplada, que se alzaba cuando hablaba de algo que la entusiasmaba. Entonces el Limón la chistaba; chist, bajá la voz, Flaca, no grités. Ella pedía disculpas enseguida, con cara de nena; uy, me zarpé, perdón, decía. El chistido y el gesto brusco de él la mandaban a callar y ella acataba, dócil.
El Limón sabía que la alegría de ella era el aire que él necesitaba respirar, pero en el último tiempo el malhumor era más fuerte que él, lo ahogaba, le comía la cabeza.

Hasta dormido, se agitaba en sueños y hacía rechinar los dientes con un sonido estremecedor.