Entre la mugre y el
desorden. Las rejas y las paredes asfixiantes. Los gritos y las peleas. Así
vengo sobrellevando la vida en estos cinco meses.
Está empezando a
hacer frío, y mis compañeras -que no es ni el primero, ni el segundo, ni el
tercer invierno que van a pasar acá- saben como ingeniárselas. Anoche
prendieron fuego un cajón de manzana para calentar el ambiente, pero se pudrió
todo. La celadora Giménez les apagó el fuego con agua y las pibas le dieron
vuelta el pabellón. Volaron los jarritos de lata, zapatillas, restos de madera
contra la petisa.
La que mueve a todas
para hacer quilombo es esa Vanesa. Nunca hablé con ella, pero dicen que mató al
marido porque la dejó por una pendeja quince años más chica que ella. Todos los
meses le pide a Juana, una pibita que está acusada de asesinar a su mejor
amiga, cuando habla con su familia, que a ella le mande una caja de cobrizo
profundo 7.44 de Issue. A esta chica la tienen como quieren. La obligan a pedir
cigarrillos, ropa, y de yapa le sacan algo a ella.
Sólo nosotras tres
somos las que estamos acá por homicidio. Las demás por tranzas, rastreras o
simplemente por ser pobres. La mayoría tiene hijos afuera o vienen
trasladadas desde el otro pabellón donde vivían con ellos, pero al
cumplir los cuatro años se los arrancan de los brazos, como acá nos sacamos una
rodaja de pan.
Con las que mejor me
llevo son la Mary y Laura. Mary tiene 36. El marido vendía droga dentro de La
Oculta y ella quedó implicada de rebote; Laura tiene 32. Le robo al menos
indicado. Es madre soltera. No tenía trabajo, ni tenía para darle de comer a su
hija. Así que agarro un fierro, eligió el auto más lujoso en el semáforo y
amenazó al conductor: que iba a saber yo que era el intendente de Tres de
Febrero, si no tengo ni televisión.
A mí me dicen ‘’La
paragua’’. Me gané el apodo el día que me preguntaron mi nombre y tuve que
explicar qué era de origen guaraní.
Hoy nos despertaron a
las siete, como todos los días. A mí me tocó limpiar con un par más los restos
de la guerra de anoche.
Acá está oscuro. Nos apagan todo a
eso de las nueve para que nos dejemos de joder. Pero por la ventana, entra un
rayo de luz que me acompaña en mi desvelo. Cuando uno no quiere o no puede
dormir, cualquier cosa lo distrae. Puedo observar los ladrillos al descubierto,
los escritos de las chicas y una mancha de humedad que tiene la misma forma que
esa que descubrí la vez que ella llegó a la casa de Villa Crespo.
En 1992 yo tenía diez
años. Vivía una vida como quien dice ‘’normal’’. Hija de un arquitecto y una
profesora de Bellas Artes. Por la mañana iba a un colegio privado. Me retiraba
Amelia, la chica que me cuidaba, aunque mamá estuviese en casa. Pero siempre
ocupada en el atelier. Por la tarde papá me llevaba al centro cultural del
barrio a aprender arte y dos veces por semana a la academia de inglés.
Una noche cualquiera
de mi infancia tan aburrida, llegó Carmela.
Éramos esa mancha de
humedad en el techo y yo, lo demás alrededor desapareció.
Podía escuchar un
llanto de bebé, y el murmullo de las conocidas voces de mi familia. Después de
un largo momento de especulación por lo que estaba pasando, me puse las
pantuflas. Con los puños cerrados y transpirados fui al comedor. Estaban papá,
la abuela Cata y el abuelo Andrés; mi tía Carla y mi tío Santiago; mi prima
Lisa y mi primo Joaquín. Estaba mamá con ella
en brazos.
En el comedor pasaron
de tener una cara de feliz nacimiento a una expresión de velorio. Claro, había
fallecido mi lugar privilegiado en esta casa. Y todos velaban por mí.
De esa noche tanto no
me acuerdo, pero si de la mañana siguiente cuando la encontré en la cama de
nuestros papás. Sus ojos, sus pestañas. Era hermosa. Me acosté junto a ella y
mirándonos haciendo una especie de pacto fraternal tácito (como si lleváramos
la misma sangre en las venas) nos prometimos cuidarnos toda la vida. Hasta que
la muerte nos separe. Hasta que la justicia nos separó. Porque si hay algo
similar a estar muerto, es estar preso.
Desde chiquitas, a
Carmela siempre la defendí. Ella rompía algo, yo me echaba la culpa. A ella la
retaban, yo le daba letra. Me acuerdo una vez, mamá tenía que pintar un animal
en un lienzo enorme para una exposición. Ella agarró un pincel y le
agujereó el ojo al caballo. Mamá sabiendo que esa travesura no podía venir de
nadie más que no fuese Carmela, la agarro de los pelos y a cachetadas le hizo
sangrar la boca. Yo fui corriendo y le clave una espátula en el brazo a la
artista, entonces se armó una batalla campal entre una mujer de treinta y ocho
años y sus hijas de cinco y quince.
Ese tipo de imágenes
violentas, se veían mucho en mi familia. Especialmente viniendo de mi mamá, que
aunque nos amase, su arte siempre estaba primero. Y en cuanto alguna se
atreviese a hacer un caos de su estudio, nos fajaba sin problema.
Por estas cosas no me sorprende la manera en que nos desenvolvimos en la
vida. La manera en que Carmela resolvió ese problema, la causa por la que estoy
acá. Por la violencia y por defenderla.
Proyecto de novela
Anai
es una chica de alrededor de treinta años, crecida en un seno familiar de clase
media, que hace catarsis desde la cárcel principalmente sobre la causa por la
que está allí: Haberse entregado encubriendo a su hermana adoptiva Carmela, del
asesinato de su ex pareja, después de abusar sexualmente de ella. Entre todo este
monólogo interior, recuerda anécdotas de su familia, de su propia vida, como la
violencia en su infancia la marco por el resto de su crecimiento, se
interioriza en la relación de su hermana y su ex pareja. Y como si fuese poco en
su actual experiencia dentro de la cárcel.
No hay comentarios:
Publicar un comentario