Que
a dónde fui, que por qué tardé tanto, que por qué no lo llevé conmigo, me
interroga el perro cuando llego a casa. Con la cabeza indica que quiere ir a la
ventana, lo sigo, abro y espero a que suba al alféizar. Me siento al lado suyo
y dirijo mi vista hacia la calle.
Veo
que él está cruzando la esquina. Se detiene
frente a la puerta de casa a sacar las llaves del bolsillo del saco. Miro los
ojos de Lobito y el tintineo de las llaves me empuja dentro de sus iris, hasta ahogarme
en lo que ve: la calle, pero adelante las rejas de la ventana.
El
mundo como Lobi lo ve es la libertad a una garra de distancia, interrumpida por
esos cañitos negros. Entonces comprendo su obsesión de estar todo el día en la
ventana, el anhelo constante de escapar, las ganas de correr desenfrenadamente
para desahogar los cuatro años de vivir preso de un dueño. Trato de consolarme con
la idea de que “cuando vivía en la calle se cagaba de hambre”. Sin embargo no
alcanza. No importa cuánto te mimen y te alimenten, jamás se es feliz cuando se
está consciente de ser preso. Y la angustia me rebalsa porque lo entiendo, a mí
también me gustaría escapar. Mas no me da la cara para dejar a ese hombre que también está preso, pero
de su locura. No siempre fue así, pero la depresión lo empujó al vacío de la
enajenación.
De
pronto es Lobito quien mira a través de mis ojos. Estoy presa en la ventana, observando
la calle angustiada, recordando los días en que era libre y evitaba pensar para
no hundirme en el pantano de los problemas. Luego llegó él con tostadas, té de vainilla y un beso de desayuno. En esa época
todavía éramos unos pobres ilusos y decidimos convivir, creyendo que jamás nos
íbamos a cansar. El fin del amor no existía.
Pero
nuestro pequeño mundo, que yo creía de acero inoxidable, se empezó a oxidar tan
solo dos años después. Ya no éramos los mismos, la fiebre de amor había bajado
y no quedaba mucho para que nos curáramos del todo.
Otro
año ha pasado. Su eterno silencio me atormenta cada día más y las respuestas
monosilábicas que antes podía aguantar, me dan ganas de vomitar. Pero no puedo
dejarlo solo, presa quizás de mi propio temor a la soledad. Escucho las llaves
en la cerradura. El metal frío de los grilletes me quema la piel del tobillo y
la bola de hierro empieza a hacer fuerza hacia abajo. Entonces caigo de nuevo
en mi lugar en la ventana y Mauricio entra a
casa.
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