miércoles, 29 de junio de 2016

Cuento de Vicente

El sueño del gato o el pueblo de los atlantes


Dicen que en la lidia persa, allí en los confines del sur, moraban los atlantes al pie del atlas; esto es, meseta alta y habida por los habitantes como el pilar del firmamento. Si bien la cumbre nebulosa es, en efecto, magnánima, no menos asombrosas son las costumbres de tales hombres. Éstos no consumen cosa animada ni tienen sueños. Quien halle en su fuero creerlo o no, enhorabuena esté con ello. Yo, por mi parte, no puedo más que disentir, pues ¿qué define al hombre sino el sueño? Faltan a la verdad quienes adjudican la aquiescencia –supuesta- al habla. Yo, que en la vigilia material muevo mullidas las redes del frenesí bajo el ojo opresor del sol, ora bajo la condescendencia inicua de la luna, sometiendo al vecino poco justo, tomando a la hembra apartada o a quien por oscuras razones se entrega, yo, Astro trémulo y candoroso, al encontrar la ventana parpadeante, reconocer el aposento del hombre honroso, como los etíopes de larga vida, como la carne y bebo la leche que en la mesa aguardan (costumbre mal habida por hombres y dioses, pero así lo haré hasta que el tajo escita de la doxa y de la muerte me arranque de esta vida como el labrador a la raíz prendida) para luego, B., dormir y crecer.
Allí despierto con el gusto ferroso de la sangre, con los cueros ceñidos a mi piel, a mi pelo, cueros de aquellos violados, heridos o muertos por estas manos múltiples y vaporosas, tan ajenas como mías. Siento mi cara y parece que ocupan las varias posibilidades al unísono, con milimétricos desfasajes, o como si las entrambas fuesen en extremo veloces.
Ah, el desierto. Abro la puerta, y en el día todo es somnoliento. Lentas olas de calor ondulan las caras de los primeros comerciantes, algunos encapuchados se refugian en la noche. En un puñado de arena se forman las torres que luego destruyo. Algunos me miran como miran el desierto: con rencor, pues, ¿no todo creador inspira temor, irrumpe en su vida con despreocupación? Con violencia hacia lo necesario. Me estiro contra el marco y soy gigante: pájaros imprecedentes surcan desde el olvido y me dan la bienvenida trazando amplios círculos. Tal vez no sólo me reciben a mí, y la circunferencia que marcan encierra a todos. Eso explicaría las figuras que atiborran como granos la plaza mayor, venidas del tiempo extraño que imbuye este paraje. Figuras poco reconocibles, desdibujadas por la tirria o por el vaho que es como la respiración de un titán. ¿Parientes, amigos, acaso muertos que me buscan o simples símbolos de algo que no comprendo? Lo cierto es que ya no estoy acá, que las mismas disparan recuerdos -reconstrucciones-, historias que parten, por ejemplo, de un desubicado vendedor de esturiones. ¿Se acordará de la vez que la flota amurallada de Ciro pasó por encima de su cabeza, cubriendo el cielo que fluía como el Istro? Sentí de pronto sus ojos torvos, y la gran marejada de agua que trajo consigo un pez sonriente y libre. El calor, como el agua, son elementos que al contacto con nuestra tierra difractan nuestro entendimiento. Lo cierto es que hacía tiempo que no sentía frío. El hombre se perdió en la plaza que escurría su humedad, y al caer la última gota el olor se adueñó del panorama. No, no eran los esturiones ahora fritándose. Tampoco las inicuas legumbres, ni la piel vegetal sobre las brazas. Me separé del marco con esfuerzo, desembarazándome de esa estructura posesiva. Estaba descalzo, pero no me quemaba. De repente me sentí liviano, fuera del alcance de las ventanas insidiosas, escurriéndome sin sonido entre la gente, entre las cosas. El olor ya era tangible, lo distinguía casi como una soga de la cual asirme, de la cual podía ser tirado. Las ollas de hierro a mi costado eran sirenas de colmillos de algo asado, algo asado, como la roja y hedionda peste que empapaba a todos. El epicentro dulce y carnoso latió y movió las fibras de mi cerebro. Una mujer de túnica negra, apoyada en un mostrador fenicio, se envolvió en un ademán seductor y me tuvo apresado para siempre. Vi el colgante refulgiendo encima del abultado pecho, vi el colgante en un pilar que ardía y decía adiós a lo que antes era su todo, vi mi mano quemada y su mano tersa que ofrecía qué. ¿Un gato perdido en la sombra de un imperio del fuego? ¿Un niño abrasado mirando desde bajo? ¿El metal caliente que empuñaba, o la plancha al rojo vivo calentándome el cuello y la mandíbula? Me incitó a tomar un pedazo de lo que fuere: el recuerdo de su hijo, la carne deshaciéndose en mi boca, el muslo pardo contra mi piel y su gemido inabarcable. Sobrecogido, agotado, me deslicé como el pensamiento que se apaga. La luz de un mediodía engañoso resumía las sombras en un punto, mostraba las casas salpicadas de fulgores y daba inicio a una nueva sensación. ¿Sería que de reojo había incorporado una nueva imagen? ¿Algo cargado de sentido, pero cuya verdad nunca podría degustar? El tintineo de unas monedas me hizo voltear. El único árbol en pie se hallaba solo, incomunicado. Me acerqué al tronco inmemorable, raspé con mis manos la corteza callosa y me estiré sobre él. La angustia previa comenzaba a disiparse. El viento entrechocó sus ramas y yo escuché atento. Una lengua de pasto afloró al lado de mi pie, y luego otras la siguieron. Se expandieron y bifurcaron, crearon caminos obstruidos por arbustos, se incorporaron en anchos tallos de hierba y trajeron el murmullo de un arroyo cercano. Me abrí paso entre la maleza circundante, llevando a mi boca ricas leznas de pasto mientras avanzaba. El agua fluía, y a diferencia de la canción de las sirenas su voz estaba llena de vida real y no aparente. La rivera me invitó a reposar al lado de sus espejos. Como el río del bosque se extendía la pradera, un arrullo de entre las rocas parecía inundar todo el campo, algo que volvía y se amplificaba y aumentaba en celeste, se arrimaba al centro de la piedra y parecía escarbar entre todos los matices del gris para quedar varando y descubrir otra vez el bosque, ahí tendido, sin más, con las hojas que al crepitar movían las liras como pequeños letargos de pequeñas criaturas que observaban inmiscuidas. Veía las hojas alcanzar su cúspide, el final elusivo, asustado como una roca blanda alineándose con lo que no puede sentir o saber, viendo su reflejo en el lago. Y así, cayendo, repicando suavemente como si el sonido no existiera escucharía, paso por paso, en la hierba, al fauno extasiado mirando el lago, el río, el cielo y el bosque, las copas acrecentadas. Y todo caía mansamente, todo parecía natural, venía del mismo aire que lo arrullaba, irreal como el paraíso más cercano, como una cárcel. Presto atención a las cuerdas que atan el verde al reflejo del cielo a aquella nube distante que cambia y baja de repente, ¿será niebla despojada de su fragor? ¿Será el anuncio de una guerra que pocos quieren? Se realzan las copas con el viento creciente y de pronto se apagan, hasta que el mismo murmullo vuelve y me deja bajo las pezuñas de aquel fauno que sigue en el bosque bajo el sol preguntándose porque están tan lejos las liras de los árboles. Siento teclear una distorsión, un anuncio de pronto arrebatado: la calma, que parecía imperecedera, se deshace bajo el mismo tintineo de aquellas monedas. Me vuelvo hacia la fuente de sonido, dispuesto a desgarrar el cuello de quien me haya devuelto. Y sin embargo, ahora sólo me embarga el terror. La suntuosa figura se revuelve en la noche. La mano derecha perlada de anillos sacude el oro de arriba hacia abajo, la mano izquierda se aferra al puñal enjaezado; sus pies no se ven, sus ojos son verdosos, escatológicos. Me inclino sobre la rodilla y la tierra me quema. Siento su zarpa en mi bolsillo y luego en mi cabeza. Apretando los dientes -para no repetir al viejo hijo de Pisístrato- maldigo mi suerte torcida, obra del más nefando de los dioses. ¿Pues quién sino trocaría las casas de la noche por las cimas de sal, los caminos de la Siria por los del Helesponto? Camino ya, sin pensar en los engaños que presenta el terreno. Sé lo que me depara, y creo -si no me equivoco- que ya lo he mencionado. Esa somnolencia primera deja lugar a un bostezo rotundo, mis garras de metal me atirantan con su peso los hombros y la espalda. Mis ojos pierden su belleza y reconocen con frialdad lo material, aquello que puede ser violentado. ¿Será así, B.? Espero haberte acercado a mí, tener un testigo, y que no sea yo sólo quien escuche mis pasos ajenos hacia el olvido.
Baste lo dicho entonces, B., sobre mí y sobre nosotros, que son los otros, a fin de cuentas, los que podrán soñar con esto.

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