…era uno de esos impasibles ángeles de la nada.
Martini, J. El fantasma Imperfecto, 1994.
Cada noche, con o sin luna, veo un caballo blanco pastando en el campo, detrás del alambrado. A veces cruje la madera por donde piso, y entonces las orejas me apuntan, la cara larga me mira a través de los árboles, para luego volverse, como si no hubiera pasado nada, como si todo estuviera dicho. Yo exhalo la última pitada y guardo la colilla, sabiendo que a veces pasa de día, que engulle el patio. Aunque nunca lo vi, lo pude notar por el desnivel de las pisadas, por la bosta que después tenía que juntar.
Hoy un rayo mató a tres chicos. Ocultos en la carpa de la lluvia tormentosa, ajenos a las voces que gritaban la retirada, allí en la playa jugaban cómplices a desmentir al lobo, riéndose nerviosos. Supongo. Lo que sí sé es que nunca escucharon el trueno.
A la noche la lluvia había pasado, y yo estaba parado sin saber qué hacer. El caballo no venía. Sólo me atendía la vigilia del negro recodo estrellado. De cierto modo, me sentí abandonado, y no queriendo que aquello pesara, me calcé las alpargatas solo, y crucé el alambre.
El frente de mi casa que colinda al campo es ventanal en lugar de pared, así que mi vista es inversamente proporcional a la privacidad que pueda llegar a tener. Pero no importa. Los dueños del terreno (vasto, la vista no basta para ver el fin de la pampa encarcelada) poseen allí su casa, mucho más a la izquierda de donde yo puedo ver, así como también su establo, con treinta o cuarenta caballos que atados duermen en el silencio y en la intemperie.
No pasé por ahí. Me alejé de las luces, sin ruido, sin vecinos que espiasen, y me dispuse a buscarlo. Sin linterna y sin luna, me confiaba del color para ubicarlo. Entre el oscuro, veía el campo expandido al horizonte, por mi ánimo o por la noche; pero por más que me adentré en esos confines sólo teóricos, no hallé ni pezuña ni crin que asomando dieran sentido a mi desvelo.
A la mañana no había nada. Ni pisadas, ni bosta que juntar. Hosco, me fui a la ciudad; hoy estaba perdido. Internado en las calles atiborradas, avancé lento hasta detenerme frente a un plano colmado de gente. Hombres y mujeres entraban o salían de las comisarías mientras yo pasaba como alejado, mirando desde mi coche. Todos vestían de civil, y los escudos estaban bajos.
Sentado veía la obra sin curiosidad; sin embargo, mi vista así colgada llamó la atención de un hombre que, compelido a cumplir el rol que a él le estaba dispuesto, me puso la cara del caballo, y comenzó a acercarse. Y, tal vez precipitadamente (porque no adiviné pretensión o arma) me alejé acelerando, salvando el tráfico.
Esa noche apareció. Lo vi gacho pastando, tan cerca que casi me le abalanzo, pero entonces escuché unos pasos, y como pensé que venían de la casa quise corroborarlos. Para cuando volvía, sólo el doble galope de las sombras me recibió. Tal fue la excitación que me quedé en vela esperando el crujir del pasto. (Sin embargo, el sol me descubrió con el atado hace rato ya vacío y
los ojos cansados).
Ese día el trabajo fue un martirio.
Manuel era un tipo tranquilo, medio otario; aún así pienso que, si se le fuese otorgado el poder suficiente, barrería a la mitad de la población. Por prejuicio o por miedo. En fin, si yo andaba con los ojos cruzados, él los tenía por el piso, negros por debajo, inyectados en el centro, y temblaba como si su corazón latiese como el de una liebre, o el de un colibrí, y los lápices se le caían, y sus cordones se le iban siempre desatados, así hasta terminar.
Al final quebró. Quebró, y huyó corriendo, supongo que a su casa.
Si bien ya el sueño me sesgaba los sentidos, esperé afuera, un buen rato, para intentar cazar a esos dos que de escapados se hundían furtivos. Y fue antes de irme, cuando ya no confiaba más en la vista distraída, que creí ver a tres caballos, pastando uno al lado del otro. Alazán y zaino, y al lado el blanco, que levantando la cabeza pesada se fue a pastar a otro lado.
Desperté tarde y no fui a trabajar. No dependo de nadie, por lo que no recibo castigo alguno: a lo sumo muero de hambre o pierdo la casa. Y es por eso que potencio las consecuencias de la inactividad: para no terminar atascado y muerto por mi propia pereza.
Durante la comida me deshice de la radio. Al parecer, encontraron a una nena en un río. Muerta a golpes y quemada, o quemada viva y después golpeada. No recuerdo con exactitud. Por ahí la historia venía bien, hasta que la locutora comenzó a decir que había sido su propia madre, y el amante con la familia entera había hecho una procesión hasta el río donde… ahí la apagué.
La verdad, sólo esperaba la noche. Así que cuando llegó, salí de mi abulia estancada y comencé a divisar, uno por uno, cientos de caballos que callados rumiaban sin pensar, y mientras algunos miraban mi cara abierta y mi boca asombrada, otros se desplazaban, sin relinchar. Entonces, como un reflejo, salí directo hacia el establo. El pique se convirtió en galope, y como Segundo Sombra sin Segundo Sombra, se perdieron en la oscuridad, lejos del campo, lejos de casa, y aún así, en el establo estaban todos los caballos, durmiendo o aguardando a ser montados.
No pude salir de esa visión. El día transcurrió de fondo, atrás de aquella imagen líquida, que abrupta y subrepticia se entremezclaba en estampida, y ya al final sólo oía los galopes como si fuesen tiros, los relinches como gritos, y una manada que no paraba de trotar como si escapara.
Volví quemado por el sol. El cuerpo dolía, fatigado y tirante, pero no importaba. Comí algo ligero e ignoré el pedido de un vecino que, al no obtener respuesta, me insultó y se fue con el rencor como premisa. Era martes, por lo que la gente aguardaba la mañana oculta tras las rejas, mientras yo esperaba una mañana distinta, afuera, en la noche, sentado, cuando, de a poco, comenzaron a mostrarse caballos que ni ayer habían estado. Llegaban de a uno, de a grupos de tres o cuatro, yeguas, potros, zainos, ovejeros, alazanes, negros, en silencio, todos, comiendo, y no digo que la pampa les quedase chica, pero así la iban a agrandar.
Entonces lo vi al blanco. Era como si lo dejaran pasar, y pastar, y hasta hacer ruido, y una vez alcanzado lo que yo creí el centro, oírlo asentarse, resoplar y relinchar, golpear el piso y levantarse, abruptamente, sobre sus dos patas y al caer, invitar a la huida al resto, galopando hacia el borde, como si no hubiera pasado nada, como si todo estuviera dicho.
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