miércoles, 20 de julio de 2016

Cadáveres exquisitos del último día de taller


Transcribo:

Es el amor. Debo quedarme o huir.

¿Debo recorrer los vericuetos del laberinto?

¿Tal como he recorrido los vericuetos de mi alma?

La pregunta me molestó durante todo el día.

Esa pregunta de mierda, cómo me gustaría dejar de pensar en eso y pensar solamente en

la nada misma, nada de nada, vegetar apenas

mientras el humo del cigarrillo en su mano crea formas

psicodélicas, se mete dentro de ellas y se pierde en

las gargantas de las personas que no paran de gritar

de vociferar cosas sin sentido e insultando como si nada.

Como si nada fuera insultar al vecino de mesa en la Academia porque solo pidió agua... agua

¡agua!¡agua! aguacero aguardentoso aguardando la venida del agua

fue el inicio del fin de nuestra amada tierra.

Tierra. Tie - rra. Me gusta esa palabra. Erre con erre, guitarra.

Ese instrumento horrible, el arpa es mejor, soy Orfeo.

Soy Orfeo, el más feo y si me enojo te meo, feo!

¿Creíste que soy sensible? Si te agarro te dejo inservible.

¿No sabías que mi especialidad es destruir psicológicamente

a la gente? Si, contando los finales de los libros. Arruinando sus vidas.

Pero también dando la posibilidad de elegir

modos de mirar

Colores que recolectar en el iris, trozos de conversaciones que guardar en la memoria

los placeres de una infancia turbulenta,

como esquema de Toulmin.



jueves, 30 de junio de 2016

Poema "Falso Haiku"- Gaby Mena

doy luz
hago los pétalos
pero

no soy la rosa

Poema "Cuartos de Hotel"- Gaby Mena

Cuartos de Hotel
                                                             a mis hijos Martina, León y Francis

Ahora que el mundo hace silencio debería contarles
que hoy pensé en escribir el paisaje que transito
esta meseta patagónica barrida por el viento
un horizonte de aeropuerto con aviones
que tanto me gustan
y el recuerdo de otros años
cuando aún no sabía que nada es eterno.

(apenas una frágil cáscara de huevo
la vida
pero les juro yo no sabía nada de nada
apenas  tenía miedo
el de siempre
este mismo que tengo ahora
pero todavía no estaba acostumbrada a él
y tampoco conocía las endebles rutinas
que hoy me amarran a la vida)

Ahora que todos se han ido, por fin,
a cualquier parte
y que yo estoy una vez más, sola en un cuarto de hotel
como tantas, tantas veces
debería contarles
que todo es vertiginoso en su quietud
que he buscado las respuestas
y sólo encontré preguntas y más preguntas
cuyas respuestas encontré
cuando ya no tenían ninguna importancia.

Ahora, que estoy por fin en paz conmigo
debería contarles
que mi vida se resume a círculos concéntricos
de unas pocas cosas repetidas
la soledad, los aviones, los cuartos de hotel
los lugares del mundo entero
en los que he abierto mi equipaje
una y otra  y otra vez
los viajes como un destino
las valijas como una condena
la soledad como única compañía
de esta mujer que soy
en los cuartos de hotel innumerables.

Ahora , que estoy aquí y ahora
sola y escribiendo,
el sonido de un avión despegando
rompe el silencio del cuarto
y refrenda el poema, lo confirma
lo vuelve cierto y real
de carne y hueso
mucho
mucho más de carne y hueso
que esta Gabriela misma que soy y escribe
en un cuarto de hotel
una vez más.

Desaceleración de Gaby Mena

(formará parte de la novela)

 Vio cruzar la avenida al Chuequito. Venía corriendo en diagonal hacia el puesto, agachado y con la mano derecha rozando el asfalto. Al principio, el Limón no entendió por qué le salían chispas de los dedos, hasta que se rescató y pegó el grito. El Chuequito sonrió y embistió.
La Flaca se dio vuelta y abrió los brazos, justo a tiempo para recibir la faca en el costado del vientre. El mango improvisado con cinta aisladora roja pronto se confundió con el rojo de la sangre.
Primero fue el borbollón de espuma blanca, que coronó el tajo como si fuera una puntilla. Después, la lágrima de sangre que mojó apenas el vestido, anticipando el chorro que empezó a manar de la herida. Una flor se empezó a dibujar en el vestidito blanco que se curvaba apenas sobre la panza de la mujer. Al principio fue sólo un pétalo redondo, que se extendió hacia el centro, pero con lentitud otros pétalos se abrieron, floreciendo en todo el flanco izquierdo de la Flaca. Ella se tambaleó hacia atrás y hacia adelante y la flor creció y creció, hasta abarcar su vientre como si tuviera vida propia y se meciera con el viento.
Ella giró sobre sí misma, con las manos todavía abiertas, en un gesto de recibir, de abrazar, de bienvenida, y levantó la mirada hacia el Limón, como quien pregunta. El mango de la faca le sobresalía en el costado y se recortaba sobre el fondo de baldosas mugrientas que era el piso de la feria.
La mancha de sangre se volvió una baba que chorreaba, ya no era una flor, era un enorme gargajo sangriento, un alien que nacía a dentelladas, abriéndose paso hasta alcanzar el ruedo del vestido de la mujer y goteaba, goteaba y ellos dos se miraban, el silencio era una burbuja que los envolvía, los colectivos seguían pasando y la gente gritaba sin voz alrededor de ellos, alguien puso el mute, pensó el Limón, no te escucho, no puedo oírte, qué decís, no ves que no te oigo Flaca no te
La Flaca bajó la mano, se arrancó el acero del cuerpo y de repente volvió todo junto, el ruido de la faca contra el suelo, el movimiento, la sangre la sangre la sangre y ella trastabillando y cayendo, cayendo y él atajándola justo a tiempo y los gritos y las bocinas y la voz de gorrión de ella repitiendo en una cantinela imposible la panza Limón la panza Limón la panza Limón la panza Limón. Alguien gritó agarrenló. Nadie entendió bien lo que había pasado hasta que la voz del Limón rajó la tarde de Plaza Italia.
-¡Hijo de puta! ¡Fue el Chueco! ¡Hijo de puta! ¡Hijo de puta! ¡Agarrenló!

Inicio de Novela de Gaby Mena

La noche que el puesto del Bigotes ardió hasta los cimientos, en un incendio que iluminó Plaza Italia hasta la madrugada, Limón había cerrado temprano para acompañar a la Flaca al médico.
Ella se lo había hecho prometer muchas veces, y el Limón sabía que le tenía que cumplir. Fue la ejecución de esa promesa lo que le salvó la vida y evitó, además, que los libros del puesto ardieran en una sola antorcha. Años más tarde, los memoriosos seguirían hablando en los cafés de la noche de la quema del puesto, y de cómo sucedieron las cosas.
Nada hizo prever la catástrofe: Limón cerró las puertas metálicas, como todos los días,  puso el candado y se paró a fumar una tuca con el Gallego. El viaje hasta Munro era largo y en el mal horario, así que supo que viajaría parado desde que se sumó a las colas que serpenteaban en el andén de Retiro.
Eso le dejó la cabeza libre para volver a pensar en lo mismo: El Chueco, la feria; el Chueco, la feria. Esos dos pensamientos eran un mantra que le taladraba la cabeza. Ya no aguantaba más.
-Un día de estos voy a matar a ese hijo de puta y voy a ir preso - le había dicho al Enano el sábado anterior, mientras se tomaban una fresca y compartían un faso – Y lo peor es que no lo vale, yo sé que ese sorete mal cagado no lo vale, Enano. Pero no sabés con qué ganas me lo llevaría puesto. No sabés –
Ahora, con el hombro apretado contra el vidrio de la puerta del tren, viendo pasar la noche que se enturbiaba, la cara del Chuequito se le volvió a presentar nítida en la cabeza.
- Hijo de re mil putas – murmuró el Limón.
El Chueco y su bandita habían empezado a ranchar en el territorio de la feria cuatro meses atrás, unos fantasmas desdibujados, sucios y asexuados, que se movían como en relé, con los dedos negros del hollín de la lata y llagas de quemaduras en el borde de la boca.
Desde entonces, nadie había vuelto a tener paz.
Al principio, dormían al costado de los puestos, una noche sí y otra no. Los más perjudicados eran los de las puntas, como el del Bigotes, porque era contra los que apoyaban los colchones para dormir. El olor a meo se volvió  insoportable con el calor, así que había que abrir antes y baldear las veredas todas las mañanas.
Ya el laburo en sí era una puta mierda, pero el Chuequito y compañía lo elevaron a la categoría de insufrible. Por lo menos una vez a la semana, el Limón se juraba que nunca más, basta, ya fue.
El asunto era la Flaca. No, la Flaca no. El pibe.
- Hacé lo quieras, Limón. Pero no podés quedarte justo ahora sin laburo. Me lo prometiste -. Era verdad. Él le había prometido aguantar y por eso habían decidido ir adelante con la panza, como le decían los dos al embarazo que ya entraba en el quinto mes.- Y encima por unos cabezas fisurados. ¿Vos te creés que te lo hacen ¡a vos!, a propósito? Esos pibes son unos walking dead, Limón.
De eso el Limón no estaba tan convencido. Bastaba con mirar a los ojos una vez al Chueco, para saber que el chabón de zombie ni la punta. Eso era lo que más lo emputaba, pero qué le iba a explicar a la Flaca.
Así que al día siguiente, volvía al puesto y a las eternas peleas con el Bigotes. Vuelta a que la plata es corta, no me cierran los números, vendo mucho y no comisiono nada. Vuelta al llegás siempre tarde, no se vende nada, lo que entra no da para dos. La historia de nunca acabar, el pan de cada día de la gente de la feria.
El Limón arrancaba las mañanas rabiando, y rabiando se iba a dormir, por más que la Flaca tratara de hacerle prestar atención a la llegada del hijo, a la panza que se movía, a las batitas nuevas que le traía la madre del Once cuando iba  a buscar mercadería.
Pero fue con la llegada de la Mostrito que arrancó el bardo grosso.
Hasta entonces, el Limón llegaba a abrir y no había otra cosa que el meo chorreando contra las chapas del puesto. Pero la mañana que se encontró el colchón de dos plazas al costado del puesto, y  sentada sobre él a la Mostrito, que se peinaba los pelos finitos y grasientos con los dedos, como una reina en el exilio, arrancó el verdadero rock and roll.

El tren entró en la estación, como un gusano ciego. Las luces amarillas alumbraron el andén. El Limón se acomodó la  mochila en el hombro y encaró las pocas cuadras que lo separaban de su casa. Caminaba despacio, con los hombros cargados hacia adelante, los pies separados.
Fumó, mirando sin ver, con su sombra partida en el ángulo de las casas, pisando los yuyales de las veredas rotas.
En la casita rosa de la calle Olaguer, la Flaca escuchó el ruido de la llave en la cerradura y se alisó el pelo con las manos. Era alta, con unos ojos miopes que le volvían más dulce la mirada dulce. Tenía una voz fuerte y atiplada, que se alzaba cuando hablaba de algo que la entusiasmaba. Entonces el Limón la chistaba; chist, bajá la voz, Flaca, no grités. Ella pedía disculpas enseguida, con cara de nena; uy, me zarpé, perdón, decía. El chistido y el gesto brusco de él la mandaban a callar y ella acataba, dócil.
El Limón sabía que la alegría de ella era el aire que él necesitaba respirar, pero en el último tiempo el malhumor era más fuerte que él, lo ahogaba, le comía la cabeza.

Hasta dormido, se agitaba en sueños y hacía rechinar los dientes con un sonido estremecedor.

miércoles, 29 de junio de 2016

Cuento de Vicente

Acá un tango

Julián
So, to punish it, she held it up to the Looking-glass, that it might see how sulky it was— ‘and if you’re not good directly,’ she added, ‘I’ll put you through into Looking-glass House.”
Through the Looking-Glass, Lewis Carroll
¿Retener…?

 Julián veía una mosca golpeándose contra la puerta transpirada de la heladera. Las personas en frente suyo, una de cada lado, resaltaban el fondo nítido. La pregunta había aparecido del mismo modo en que las cosas parecían desenvolverse en aquel verano: sin quererlo. Cualquier acción o movimiento (el de sus manos, por ejemplo) debía desperezarse y partir como quién recién se levanta y va a trabajar.
¿Retener?
Julián sintió un leve descolocamiento en el ambiente, como cuando uno de pronto se vuelve consciente de un ruido de fondo –el televisor, en este caso-. Pero él notó, en esas muecas deformadas por el calor –invariable, denso, como si un pantano se hubiera sentado de lo más holgado en la ciudad- el reproche natural, si se quiere, hacia las manos que reposaban estiradas a lo largo del paquete de arroz. Hubo una risa nerviosa, una frase interrumpida, la sensación desagradable de las manos húmedas rozando el plástico de las bolsas y el vaho tórrido que entró por un momento, tocando la campana como si él también fuese bienvenido.
La factura permaneció en el mostrador. La mancha de agua que la cerveza había dejado ensombrecía el papel que escribía: “Kiosco Julián”. Quieto, tardó en comprender que estaba al revés.
El dueño surgió de los escaparates arrastrando su cuerpo entero. Se fue acomodando a su lado sin quitar los ojos del partido. Julián iba siendo desplazado por lo que el creyó un orbe jadeante, pesado. Estrujó el papel entre sus dedos y se lo acercó exageradamente.
Les cobraste mal, carraspeó. El dueño se cacheteó un brazo. ¿Cómo…? Que les cobraste mal, ¿ves? La palma de su mano resonó contra su cabeza pelada. El zumbido de la mosca y su piel pringosa tenían algo tanto oscuro como familiar. Retener…
El papel, arrugado, mojado, colgaba de los dedos flacos. Ah, sí. Les cobré de más. Sí, les cobraste de más. Del olvido parecían venir los enviones que terminaban contra aquel planeta. ¿Sabés qué? Esta vez está bien, pero no quiero –tosió-, no quiero volver a tener que… El dueño miró en la palma de su mano la mosca estallada. Se limpió en la camisa entreabierta, a la altura del pecho, mientras seguía hablando. ¿Está bien? Si te tengo que volver a decir algo o si estás eh, papando moscas, voy a tener que ver qué hago con vos. Bueno, bueno.
La campana trajo al vaho, contento de entrar, seguido de un agrio olor a tabaco viejo. El jefe había desaparecido por los senderos de sus estantes.
El hombre –obviamente borracho- llevaba puesto algo como un sobretodo. Julián después precisó que lo agrio era olor a meo, o de días de suciedad.
¡Retener!
El borracho se bamboleaba a lo largo del camino –sin los conocimientos baquianos del dueño parecía estar perdido-. Julián se impacientaba. Buenasss… se alargó hasta que un hipo o eructo lo dejó en seco.
Sí. Dame 3…ehm. No tenía barba larga, aunque sí estaba mal afeitado. El pelo negro engrasado, los ojos claros, la nariz un poco torcida a la derecha, un gesto (cuando la borrachera no se lo arrebataba) a veces amable, un jean roto, una remera antes blanca, el sobretodo gastado, gris y ojotas. Se quedó inclinado hacia atrás. Esperá. Sísí…
Caminaba como si en realidad fuese un tallo movido por un viento indeciso. Julián daba pasos en su mismo lugar y apretaba los dientes sin darse cuenta. Claramente se dirigía donde estaban las botellas; éstas, apiladas de a cientos, miraban, rígidas. Julián las imaginó como una torre de cartas.
El ebrio, siempre inclinado hacia atrás, devaneaba por la bizantina cuestión sudando la gota gorda. Largaba barruntos eh… en voz alta, y parecía querer apoyarse contra los condimentos para poder pensar mejor.
Para tranquilidad de Julián, el hombre se decidió por una botella de ginebra Bols (vale decir, a mano). Su expresión era tanto de acierto como de propia congratulación. Ahora se palmea la espalda, rio Julián.
Violentísimo el choque contra la puerta de vidrio. Julián sólo vio un fragmento de la paloma volando, descoyuntada, en la dirección contraria. Miraba extrañado el vidrio intacto, hasta que giró la cabeza –los ojos bien abiertos- para encontrar al borracho recuperándose del susto, levantado los hombros con una sonrisa autoindulgente mientras chapoteaba en la ginebra. La cabeza yerma del dueño se asomó entre la espesura, mirándolo fijamente, acaso pensando ¿a éste lo conocés vos?
¡RE-TE-NER!
El jefe se ya acercaba a pedir explicaciones, a castigar por lo bajo hasta que el otro se fuese, pero la amenaza quedó en el aire cuando Julián lo flanqueó, con una cara que él no supo entender. Voy al baño, había casi susurrado. Mientras, el borracho balbuceaba algún que otro delirio y pisaba los vidrios rotos.
Meó largamente. Repasó los baldes con agua vieja, la escobilla, los productos azules, rosas, naranjas y verdes fulgurantes bajo la penumbrosa luz, las cucarachas muertas en el pasado –sus patas saludando en varias direcciones-, alguna polilla polvorosa, con una detenida, amplia mirada. Recordó la tapa de la alcantarilla desbordada frente al kiosco y no supo si era una salida u otra entrada.
Se escuchó tirar la cadena, cerrar la bragueta y abrir la canilla. Se extrañó del hombre que lo miraba fijamente, empapado hasta la sien. (La escoba se endureció cuando se sintió tomada. Qué molesto resultaba golpearse contra las cosas, contra el marco de la puerta).

Cuento de Vicente

El sueño del gato o el pueblo de los atlantes


Dicen que en la lidia persa, allí en los confines del sur, moraban los atlantes al pie del atlas; esto es, meseta alta y habida por los habitantes como el pilar del firmamento. Si bien la cumbre nebulosa es, en efecto, magnánima, no menos asombrosas son las costumbres de tales hombres. Éstos no consumen cosa animada ni tienen sueños. Quien halle en su fuero creerlo o no, enhorabuena esté con ello. Yo, por mi parte, no puedo más que disentir, pues ¿qué define al hombre sino el sueño? Faltan a la verdad quienes adjudican la aquiescencia –supuesta- al habla. Yo, que en la vigilia material muevo mullidas las redes del frenesí bajo el ojo opresor del sol, ora bajo la condescendencia inicua de la luna, sometiendo al vecino poco justo, tomando a la hembra apartada o a quien por oscuras razones se entrega, yo, Astro trémulo y candoroso, al encontrar la ventana parpadeante, reconocer el aposento del hombre honroso, como los etíopes de larga vida, como la carne y bebo la leche que en la mesa aguardan (costumbre mal habida por hombres y dioses, pero así lo haré hasta que el tajo escita de la doxa y de la muerte me arranque de esta vida como el labrador a la raíz prendida) para luego, B., dormir y crecer.
Allí despierto con el gusto ferroso de la sangre, con los cueros ceñidos a mi piel, a mi pelo, cueros de aquellos violados, heridos o muertos por estas manos múltiples y vaporosas, tan ajenas como mías. Siento mi cara y parece que ocupan las varias posibilidades al unísono, con milimétricos desfasajes, o como si las entrambas fuesen en extremo veloces.
Ah, el desierto. Abro la puerta, y en el día todo es somnoliento. Lentas olas de calor ondulan las caras de los primeros comerciantes, algunos encapuchados se refugian en la noche. En un puñado de arena se forman las torres que luego destruyo. Algunos me miran como miran el desierto: con rencor, pues, ¿no todo creador inspira temor, irrumpe en su vida con despreocupación? Con violencia hacia lo necesario. Me estiro contra el marco y soy gigante: pájaros imprecedentes surcan desde el olvido y me dan la bienvenida trazando amplios círculos. Tal vez no sólo me reciben a mí, y la circunferencia que marcan encierra a todos. Eso explicaría las figuras que atiborran como granos la plaza mayor, venidas del tiempo extraño que imbuye este paraje. Figuras poco reconocibles, desdibujadas por la tirria o por el vaho que es como la respiración de un titán. ¿Parientes, amigos, acaso muertos que me buscan o simples símbolos de algo que no comprendo? Lo cierto es que ya no estoy acá, que las mismas disparan recuerdos -reconstrucciones-, historias que parten, por ejemplo, de un desubicado vendedor de esturiones. ¿Se acordará de la vez que la flota amurallada de Ciro pasó por encima de su cabeza, cubriendo el cielo que fluía como el Istro? Sentí de pronto sus ojos torvos, y la gran marejada de agua que trajo consigo un pez sonriente y libre. El calor, como el agua, son elementos que al contacto con nuestra tierra difractan nuestro entendimiento. Lo cierto es que hacía tiempo que no sentía frío. El hombre se perdió en la plaza que escurría su humedad, y al caer la última gota el olor se adueñó del panorama. No, no eran los esturiones ahora fritándose. Tampoco las inicuas legumbres, ni la piel vegetal sobre las brazas. Me separé del marco con esfuerzo, desembarazándome de esa estructura posesiva. Estaba descalzo, pero no me quemaba. De repente me sentí liviano, fuera del alcance de las ventanas insidiosas, escurriéndome sin sonido entre la gente, entre las cosas. El olor ya era tangible, lo distinguía casi como una soga de la cual asirme, de la cual podía ser tirado. Las ollas de hierro a mi costado eran sirenas de colmillos de algo asado, algo asado, como la roja y hedionda peste que empapaba a todos. El epicentro dulce y carnoso latió y movió las fibras de mi cerebro. Una mujer de túnica negra, apoyada en un mostrador fenicio, se envolvió en un ademán seductor y me tuvo apresado para siempre. Vi el colgante refulgiendo encima del abultado pecho, vi el colgante en un pilar que ardía y decía adiós a lo que antes era su todo, vi mi mano quemada y su mano tersa que ofrecía qué. ¿Un gato perdido en la sombra de un imperio del fuego? ¿Un niño abrasado mirando desde bajo? ¿El metal caliente que empuñaba, o la plancha al rojo vivo calentándome el cuello y la mandíbula? Me incitó a tomar un pedazo de lo que fuere: el recuerdo de su hijo, la carne deshaciéndose en mi boca, el muslo pardo contra mi piel y su gemido inabarcable. Sobrecogido, agotado, me deslicé como el pensamiento que se apaga. La luz de un mediodía engañoso resumía las sombras en un punto, mostraba las casas salpicadas de fulgores y daba inicio a una nueva sensación. ¿Sería que de reojo había incorporado una nueva imagen? ¿Algo cargado de sentido, pero cuya verdad nunca podría degustar? El tintineo de unas monedas me hizo voltear. El único árbol en pie se hallaba solo, incomunicado. Me acerqué al tronco inmemorable, raspé con mis manos la corteza callosa y me estiré sobre él. La angustia previa comenzaba a disiparse. El viento entrechocó sus ramas y yo escuché atento. Una lengua de pasto afloró al lado de mi pie, y luego otras la siguieron. Se expandieron y bifurcaron, crearon caminos obstruidos por arbustos, se incorporaron en anchos tallos de hierba y trajeron el murmullo de un arroyo cercano. Me abrí paso entre la maleza circundante, llevando a mi boca ricas leznas de pasto mientras avanzaba. El agua fluía, y a diferencia de la canción de las sirenas su voz estaba llena de vida real y no aparente. La rivera me invitó a reposar al lado de sus espejos. Como el río del bosque se extendía la pradera, un arrullo de entre las rocas parecía inundar todo el campo, algo que volvía y se amplificaba y aumentaba en celeste, se arrimaba al centro de la piedra y parecía escarbar entre todos los matices del gris para quedar varando y descubrir otra vez el bosque, ahí tendido, sin más, con las hojas que al crepitar movían las liras como pequeños letargos de pequeñas criaturas que observaban inmiscuidas. Veía las hojas alcanzar su cúspide, el final elusivo, asustado como una roca blanda alineándose con lo que no puede sentir o saber, viendo su reflejo en el lago. Y así, cayendo, repicando suavemente como si el sonido no existiera escucharía, paso por paso, en la hierba, al fauno extasiado mirando el lago, el río, el cielo y el bosque, las copas acrecentadas. Y todo caía mansamente, todo parecía natural, venía del mismo aire que lo arrullaba, irreal como el paraíso más cercano, como una cárcel. Presto atención a las cuerdas que atan el verde al reflejo del cielo a aquella nube distante que cambia y baja de repente, ¿será niebla despojada de su fragor? ¿Será el anuncio de una guerra que pocos quieren? Se realzan las copas con el viento creciente y de pronto se apagan, hasta que el mismo murmullo vuelve y me deja bajo las pezuñas de aquel fauno que sigue en el bosque bajo el sol preguntándose porque están tan lejos las liras de los árboles. Siento teclear una distorsión, un anuncio de pronto arrebatado: la calma, que parecía imperecedera, se deshace bajo el mismo tintineo de aquellas monedas. Me vuelvo hacia la fuente de sonido, dispuesto a desgarrar el cuello de quien me haya devuelto. Y sin embargo, ahora sólo me embarga el terror. La suntuosa figura se revuelve en la noche. La mano derecha perlada de anillos sacude el oro de arriba hacia abajo, la mano izquierda se aferra al puñal enjaezado; sus pies no se ven, sus ojos son verdosos, escatológicos. Me inclino sobre la rodilla y la tierra me quema. Siento su zarpa en mi bolsillo y luego en mi cabeza. Apretando los dientes -para no repetir al viejo hijo de Pisístrato- maldigo mi suerte torcida, obra del más nefando de los dioses. ¿Pues quién sino trocaría las casas de la noche por las cimas de sal, los caminos de la Siria por los del Helesponto? Camino ya, sin pensar en los engaños que presenta el terreno. Sé lo que me depara, y creo -si no me equivoco- que ya lo he mencionado. Esa somnolencia primera deja lugar a un bostezo rotundo, mis garras de metal me atirantan con su peso los hombros y la espalda. Mis ojos pierden su belleza y reconocen con frialdad lo material, aquello que puede ser violentado. ¿Será así, B.? Espero haberte acercado a mí, tener un testigo, y que no sea yo sólo quien escuche mis pasos ajenos hacia el olvido.
Baste lo dicho entonces, B., sobre mí y sobre nosotros, que son los otros, a fin de cuentas, los que podrán soñar con esto.