miércoles, 29 de junio de 2016

Cuento "El caballo de Pirrón" de Vicente


                                                               …era uno de esos impasibles ángeles de la nada.
                                                                           Martini, J. El fantasma Imperfecto, 1994.

Cada noche, con o sin luna, veo un caballo blanco pastando en el campo, detrás del alambrado. A veces cruje la madera por donde piso, y entonces las orejas me apuntan, la cara larga me mira a través de los árboles, para luego volverse, como si no hubiera pasado nada, como si todo estuviera dicho. Yo exhalo la última pitada y guardo la colilla, sabiendo que a veces pasa de día, que engulle el patio. Aunque nunca lo vi, lo pude notar por el desnivel de las pisadas, por la bosta que después tenía que juntar.
 Hoy un rayo mató a tres chicos. Ocultos en la carpa de la lluvia tormentosa, ajenos a las voces que gritaban la retirada, allí en la playa jugaban cómplices a desmentir al lobo,  riéndose nerviosos. Supongo. Lo que sí sé es que nunca escucharon el trueno.
A la noche la lluvia había pasado, y yo estaba parado sin saber qué hacer. El caballo no venía. Sólo me atendía la vigilia del negro recodo estrellado. De cierto modo, me sentí abandonado, y no queriendo que aquello pesara, me calcé las alpargatas solo, y crucé el alambre.
 El frente de mi casa que colinda al campo es ventanal en lugar de pared, así que mi vista es inversamente proporcional a la privacidad que pueda llegar a tener. Pero no importa. Los dueños del terreno (vasto, la vista no basta para ver el fin de la pampa encarcelada) poseen allí su casa, mucho más a la izquierda de donde yo puedo ver, así como también su establo, con treinta o cuarenta caballos que atados duermen en el silencio y en la intemperie.
 No pasé por ahí. Me alejé de las luces, sin ruido, sin vecinos que espiasen, y me dispuse a buscarlo. Sin linterna y sin luna, me confiaba del color para ubicarlo. Entre el oscuro, veía el campo expandido al horizonte, por mi ánimo o por la noche; pero por más que me adentré en esos confines sólo teóricos, no hallé ni pezuña ni crin que asomando dieran sentido a mi desvelo.
A la mañana no había nada. Ni pisadas, ni bosta que juntar. Hosco, me fui a la ciudad; hoy estaba perdido. Internado en las calles atiborradas, avancé lento hasta detenerme frente a un plano colmado de gente. Hombres y mujeres entraban o salían de las comisarías mientras yo pasaba como alejado, mirando desde mi coche. Todos vestían de civil, y los escudos estaban bajos.
  Sentado veía la obra sin curiosidad; sin embargo, mi vista así colgada llamó la atención de un hombre que, compelido a cumplir el rol que a él le estaba dispuesto,  me puso la cara del caballo, y comenzó a acercarse. Y, tal vez precipitadamente (porque no adiviné pretensión o arma) me alejé acelerando, salvando el tráfico.
Esa noche apareció. Lo vi gacho pastando, tan cerca que casi me le abalanzo, pero entonces escuché unos pasos, y como pensé que venían de la casa quise corroborarlos. Para cuando volvía, sólo el doble galope de las sombras me recibió. Tal fue la excitación que me quedé en vela esperando el crujir del pasto. (Sin embargo, el sol me descubrió con el atado hace rato ya vacío y
los ojos cansados).

 Ese día el trabajo fue un martirio.

 Manuel era un tipo tranquilo, medio otario; aún así pienso que, si se le fuese otorgado el poder suficiente, barrería a la mitad de la población. Por prejuicio o por miedo. En fin, si yo andaba con los ojos cruzados, él los tenía por el piso, negros por debajo, inyectados en el centro, y temblaba como si su corazón latiese como el de una liebre, o el de un colibrí, y los lápices se le caían, y sus cordones se le iban siempre desatados, así hasta terminar.
 Al final quebró. Quebró, y huyó corriendo, supongo que a su casa.
Si bien ya el sueño me sesgaba los sentidos, esperé afuera, un buen rato, para intentar cazar a esos dos que de escapados se hundían furtivos. Y fue antes de irme, cuando ya no confiaba más en la vista distraída, que creí ver a tres caballos, pastando uno al lado del otro. Alazán y zaino, y al lado el blanco, que levantando la cabeza pesada se fue a pastar a otro lado.
Desperté tarde y no fui a trabajar. No dependo de nadie, por lo que no recibo castigo alguno: a lo sumo muero de hambre o pierdo la casa. Y es por eso que potencio las consecuencias de la inactividad: para no  terminar atascado y muerto por mi propia pereza.
 Durante la comida me deshice de la radio. Al parecer, encontraron a una nena en un río. Muerta a golpes y quemada, o quemada viva y después golpeada. No recuerdo con exactitud. Por ahí la historia venía bien, hasta que la locutora comenzó a decir que había sido su propia madre, y el amante con la familia entera había hecho una procesión hasta el río donde… ahí la apagué.
 La verdad, sólo esperaba la noche. Así que cuando llegó, salí de mi abulia estancada y comencé a divisar, uno por uno, cientos de caballos que callados rumiaban sin pensar, y mientras algunos miraban mi cara abierta y mi boca asombrada, otros se desplazaban, sin relinchar. Entonces, como un reflejo, salí directo hacia el establo. El pique se convirtió en galope, y como Segundo Sombra sin Segundo Sombra, se perdieron en la oscuridad, lejos del campo, lejos de casa, y aún así, en el establo estaban todos los caballos, durmiendo o aguardando a ser montados.
No pude salir de esa visión. El día transcurrió de fondo, atrás de aquella imagen líquida, que abrupta y subrepticia se entremezclaba en estampida, y ya al final sólo oía los galopes como si fuesen tiros, los relinches como gritos, y una manada que no paraba de trotar como si escapara.
Volví quemado por el sol. El cuerpo dolía, fatigado y tirante, pero no importaba. Comí algo ligero e ignoré el pedido de un vecino que, al no obtener respuesta, me insultó y se fue con el rencor como premisa. Era martes, por lo que la gente aguardaba la mañana oculta tras las rejas, mientras yo esperaba una mañana distinta, afuera, en la noche, sentado, cuando, de a poco, comenzaron a mostrarse caballos que ni ayer habían estado. Llegaban de a uno, de a grupos de tres o cuatro, yeguas, potros, zainos, ovejeros, alazanes, negros, en silencio, todos, comiendo, y no digo que la pampa les quedase chica, pero así la iban a agrandar.
 Entonces lo vi al blanco. Era como si lo dejaran pasar, y pastar, y hasta hacer ruido, y una vez alcanzado lo que yo creí el centro, oírlo asentarse, resoplar y relinchar, golpear el piso y levantarse, abruptamente, sobre sus dos patas y al caer, invitar a la huida al resto, galopando hacia el borde, como si no hubiera pasado nada, como si todo estuviera dicho.

martes, 28 de junio de 2016

Algunos tallerines fotogénicos

"Haaaaaay... recuerdos que no voy a borraaaaaaar..."

Me puse sentimental por ver estas fotos








Pero más que nada, por encontrar otras fotos desde el inicio de la cursada















Gracias por ser parte de esta primer cursada juntos. 
Besos a todos los tallerines fotogénicos, y a los que escaparon de mi cámara, pero no de las vidas de todos.

¡Ánimo tallerines! Escribiendo nos cocinamos a fuego lento, y no nos pasamos.

lunes, 27 de junio de 2016

Inicio de novela de Sofía Jazmín Iglesias


Entre la mugre y el desorden. Las rejas y las paredes asfixiantes. Los gritos y las peleas. Así vengo sobrellevando la vida en estos cinco meses.
Está empezando a hacer frío, y mis compañeras -que no es ni el primero, ni el segundo, ni el tercer invierno que van a pasar acá- saben como ingeniárselas. Anoche prendieron fuego un cajón de manzana para calentar el ambiente, pero se pudrió todo. La celadora Giménez les apagó el fuego con agua y las pibas le dieron vuelta el pabellón. Volaron los jarritos de lata, zapatillas, restos de madera contra la petisa.
La que mueve a todas para hacer quilombo es esa Vanesa. Nunca hablé con ella, pero dicen que mató al marido porque la dejó por una pendeja quince años más chica que ella. Todos los meses le pide a Juana, una pibita que está acusada de asesinar a su mejor amiga, cuando habla con su familia, que a ella le mande una caja de cobrizo profundo 7.44 de Issue. A esta chica la tienen como quieren. La obligan a pedir cigarrillos, ropa, y de yapa le sacan algo a ella.
Sólo nosotras tres somos las que estamos acá por homicidio. Las demás por tranzas, rastreras o simplemente por ser pobres. La mayoría tiene hijos afuera o vienen  trasladadas desde el otro pabellón donde vivían con ellos, pero al cumplir los cuatro años se los arrancan de los brazos, como acá nos sacamos una rodaja de pan.
Con las que mejor me llevo son la Mary y Laura. Mary tiene 36. El marido vendía droga dentro de La Oculta y ella quedó implicada de rebote; Laura tiene 32. Le robo al menos indicado. Es madre soltera. No tenía trabajo, ni tenía para darle de comer a su hija. Así que agarro un fierro, eligió el auto más lujoso en el semáforo y amenazó al conductor: que iba a saber yo que era el intendente de Tres de Febrero, si no tengo ni televisión.

A mí me dicen ‘’La paragua’’. Me gané el apodo el día que me preguntaron mi nombre y tuve que explicar qué era de origen guaraní.

Hoy nos despertaron a las siete, como todos los días. A mí me tocó limpiar con un par más los restos de la guerra de anoche.


          Acá está oscuro. Nos apagan todo a eso de las nueve para que nos dejemos de joder. Pero por la ventana, entra un rayo de luz que me acompaña en mi desvelo. Cuando uno no quiere o no puede dormir, cualquier cosa lo distrae. Puedo observar los ladrillos al descubierto, los escritos de las chicas y una mancha de humedad que tiene la misma forma que esa que descubrí la vez que ella llegó a la casa de Villa Crespo.

En 1992 yo tenía diez años. Vivía una vida como quien dice ‘’normal’’. Hija de un arquitecto y una profesora de Bellas Artes. Por la mañana iba a un colegio privado. Me retiraba Amelia, la chica que me cuidaba, aunque mamá estuviese en casa. Pero siempre ocupada en el atelier. Por la tarde papá me llevaba al centro cultural del barrio a aprender arte y dos veces por semana a la academia de inglés.

Una noche cualquiera de mi infancia tan aburrida, llegó Carmela.
Éramos esa mancha de humedad en el techo y yo, lo demás alrededor desapareció.
Podía escuchar un llanto de bebé, y el murmullo de las conocidas voces de mi familia. Después de un largo momento de especulación por lo que estaba pasando, me puse las pantuflas. Con los puños cerrados y transpirados fui al comedor. Estaban papá, la abuela Cata y el abuelo Andrés; mi tía Carla y mi tío Santiago; mi prima Lisa y mi primo Joaquín. Estaba mamá con ella en brazos.



En el comedor pasaron de tener una cara de feliz nacimiento a una expresión de velorio. Claro, había fallecido mi lugar privilegiado en esta casa. Y todos velaban por mí.

De esa noche tanto no me acuerdo, pero si de la mañana siguiente cuando la encontré en la cama de nuestros papás. Sus ojos, sus pestañas. Era hermosa. Me acosté junto a ella y mirándonos haciendo una especie de pacto fraternal tácito (como si lleváramos la misma sangre en las venas) nos prometimos cuidarnos toda la vida. Hasta que la muerte nos separe. Hasta que la justicia nos separó. Porque si hay algo similar a estar muerto, es estar preso.

Desde chiquitas, a Carmela siempre la defendí. Ella rompía algo, yo me echaba la culpa. A ella la retaban, yo le daba letra. Me acuerdo una vez, mamá tenía que pintar un animal en un lienzo enorme para una exposición. Ella agarró un pincel y le agujereó el ojo al caballo. Mamá sabiendo que esa travesura no podía venir de nadie más que no fuese Carmela, la agarro de los pelos y a cachetadas le hizo sangrar la boca. Yo fui corriendo y le clave una espátula en el brazo a la artista, entonces se armó una batalla campal entre una mujer de treinta y ocho años y sus hijas de cinco y quince.
Ese tipo de imágenes violentas, se veían mucho en mi familia. Especialmente viniendo de mi mamá, que aunque nos amase, su arte siempre estaba primero. Y en cuanto alguna se atreviese a hacer un caos de su estudio, nos fajaba sin problema.

Por estas cosas no me sorprende la manera en que nos desenvolvimos en la vida. La manera en que Carmela resolvió ese problema, la causa por la que estoy acá. Por la violencia y por defenderla.


Proyecto de novela

Anai es una chica de alrededor de treinta años, crecida en un seno familiar de clase media, que hace catarsis desde la cárcel principalmente sobre la causa por la que está allí: Haberse entregado encubriendo a su hermana adoptiva Carmela, del asesinato de su ex pareja, después de abusar sexualmente de ella. Entre todo este monólogo interior, recuerda anécdotas de su familia, de su propia vida, como la violencia en su infancia la marco por el resto de su crecimiento, se interioriza en la relación de su hermana y su ex pareja. Y como si fuese poco en su actual experiencia dentro de la cárcel. 

Desaceleración de Romina Ávila Tosi

     A Tincho el escabio se le bajó de la cabeza en los cinco segundos que tardó en guardar las llaves en el bolsillo y confirmar que esa especie de Pollock en que se había convertido el cuarto, no era resultado de un delirio artístico de la Renga. Ya le había llamado la atención que no le contestara el whatsapp que avisaba que estaba yendo a casa; no vengas, andate a cagar era la respuesta habitual. También era costumbre que se hiciera la dormida con las sábanas estratégicamente corridas asomando ese culo monumental por debajo de la remera. Entonces Tincho se acostaba en bolas a su lado y le cantaba rasposamente “vas a manchar tu camisa de fina seda/ con el mejor champán que él te va a convidar, /mientras yo voy a estar en algún agujero/ luciendo mi saquito blusero”.
    El dedo índice calzó en la argolla del llavero mientras los ojos, en modo panorámico, fotografiaban la habitación como tratando de encontrar a Wally: si había hecho lo mismo de siempre, ¿por qué intuía que no era momento del culo, la canción y el polvo de reconciliación? Lo de siempre era juntarse con la banda de inútiles amigos tuyos. El plan original eran un par de cervezas y un campeonato al P.E.S. Pero era fija que alguno venía con la idea de recrear alguna jugada particular o quedaba con la sangre en el ojo porque no había podido ser Mascherano y la cosa se terminaba extendiendo, al igual que el número de cervezas. Se acumulaban las esculturas de vidrio marrón en el lavaderito de la vieja del Gordo hasta un rato antes de las ocho de la mañana, que doña Isa se levantaba. Cuando sonaba el despertador ya todos se habían ido, el Gordo punteaba los primeros ronquidos y Tincho entraba en la habitación.
     Las llaves se acomodaron una al lado de la otra sobre la palma e iniciaron el descenso hacia el bolsillo, medio agarradas, medio por acción de la gravedad. Una gota de pulpa de frutilla se preparó a escurrir desde el extremo de la sábana.
    Ese revoltijo de tripas que asomaban por debajo de la remera de la gira “Insoportablemente vivo” había estado adentro de La Renga, como los mecanismos de un reloj que ahora estaba hecho concha en la cama. Un aguijonazo en la boca del estómago le sacó la mirada de bambi justo cuando caía la gota y los dedos en montoncito palpaban el borde del bolsillo. Podría ser Dalí por lo del reloj, pero definitivamente es Pollock, pensó. La Renga lo había arrastrado hasta el museo de Bellas Artes una vez y se había enojado cuando él había dicho que eso lo podría hacer cualquiera. Le dolió más saber que ella no iba a sonreír satisfecha de escucharlo nombrar pintores.   

     La mano salió libre del bolsillo, las llaves se movieron apenas adentro, la gota de sangre se estrelló en el parquet y Tincho se sacó la ropa y las zapatillas y le cantó por última vez en el oído. Laura, la Renga, no se dio vuelta para besarlo.

Inicio de novela de Mónica Muñoz

"Cuando uno escribe, se está siempre al borde del fracaso,
sin saber si uno terminará por sucumbir a él,
 la incapacidad de hallar una forma que exprese la sensación inicial"
Natalie Sarraute
I-
        La voz de una mujer se filtra por la rejilla de ventilación del monoambiente donde vive Lila. Se le mete entre las piernas bronceadas como si fuera una lengua trapo mojado arrastrándose por su piel, subiendo morosa, dejando instantes de agua a su paso hasta llegar a la entrepierna que se le moja imprudente provocándole un estremecimiento. Esa voz le dobla la espalda. La espanta, le tuerce la boca en un gesto confuso, a medias dolor, a medias placer. Voz que tiembla y hace eco emergiendo de la oscuridad. Palabra tras palabra inunda el lugar y en este atardecer enciende luces verde neón, mientras los gemidos se van colgando del techo, de las paredes, buscan la ventana para escapar. Un soplido de viento caliente agita las sombras en el final del verano. Voz y sombras arman un baile dislocado, macabro. Se respira la tristeza, la congoja de ese corazón que habla. No hace falta verle la cara, saber su nombre, la voz pinta a la mujer de cuerpo entero. Puede ser joven o vieja, alta o flaca, gorda o no, pero es, sin dudas, una mujer triste. Por momentos hipa como si llorara bajito. Suspira largamente.
         Lila escribe mientras la voz la penetra. Se la ve afanarse sobre el papel, enderezar la espalda, volverla a doblar apretando fuerte sus piernas mojadas y su mano derecha frenética va de sus muslos calientes a las hojas gloria rayadas, las acomoda, busca la birome y se la lleva a la boca, la chupa infantil, larga el aire y mira el techo como si allí estuviera la salvación. Se levanta de la silla y va a la ventana, mientras la voz persiste, parece una canilla que gotea inclemente sobre un trapo abandonado en la pileta chas... chas... chas... ¿Es eso lo que mueve a Lila? ¿Cómo saberlo? Quién sabe lo que pasa en la cabeza de la gente. Un mismo gesto puede responder a tantas y  diferentes cosas.
          Lila está preocupada por su novela. No logra avanzar. Cuestión añosa que la perturba. ¿Será eso lo que escribe? Los bollos de papel en el suelo, sus movimientos, el ir y venir de la ventana a la mesa, al baño. Flaca, despeinada, descalza y con una camisa blanca desprendida que apenas le tapa la cola. El ventilador de techo gira lento. Otra clase de viento, otro suspirar. Y esa voz cavernosa, extramuros,  que todo lo pinta -o despinta, según se mire. Vivir en un edificio de esta metrópolis es considerar la existencia de un montón de historias apiladas, pegadas, que se mezclan en sus ruidos o palabras atravesando los tabiques finos. Ensalada rusa. Mercado persa. El collage que Berni evitó pintar.
          Todo parece amorfo, sin forma humana. Cómo hubiera podido pintarlo si en esta masa de gente reina la confusión, nada se distingue, como un gran poliedro de plastimasa de todos los colores bien mezclados, apretados. Así aparecen los grises o los colores innombrables. ¿Cómo nombrar un color que es medio rojo y medio verde, pero no es más rojo o más verde? Rojiverde no alcanza para denominar la confusión. Si se lo piensa bien, la palabra confusión es por sí misma amorfa. Sirve para todo y no dice nada. Eso es estar confundido. No saber que carajos pasa. Y la angustia es una pulpa sanguinolenta con vida propia quitando el aire, provocando gemidos.
         Hay una insistencia en esta voz de la rejilla que le vuela la cabeza. ¿Quién será? ¿Nunca va a parar? Lila no sabe qué hacer. Tomarla o dejarla. Toda pregunta tiene su respuesta. Esa voz ocupa mucho espacio. Es como un elefante en un bazar... ¡Ja! Qué linda manera de hablar de lindas cosas rotas. Porque para ella un bazar es un lugar lleno de copas finas de cristal que nunca podrá comprar, arañas con caireles, y no sabe cuántas piezas de porcelana japonesa. Le da mucha risa pensar en un elefante rosado inmenso. Una pata para adelante y ¡plaf! el juego de té, carísimo, echo pelota en el piso. Otro paso del elefante y ¡crash! un montón de copas de cristal convertidas en montañita brillosa.  
         Pero no, no es para reír, porque el bazar es su cabeza y su corazón. Y esta mujer loca se ha metido tanto en ella que le cambió la letra. Y  ahora Lila, tan loca como aquella, está hablando sola. Al menos la otra habla con alguien... ¿Habla con alguien? Esa voz sencilla que se mete como un trueno en medio de la noche silenciosa la asusta. Le recuerda a su madre. Su madre no gritaba, pero Lila temblaba de miedo mientras apretaba sus piernas para que no se notara el hilito de agua amarilla que no podía controlar. Su madre era como la reina de Alicia en el país de las maravillas. Le viene la idea del trono con una reina clavada con alfileres. ¡Tiene que ponerla en la novela! Lila tiene la oreja pinchada por las palabras de la otra mujer, palabras que son como alfileres con cabecitas de colores que la enloquecen.
         “Las ciudades son estrechas, pero también lo son las mentes. Superstición y peste. Pero ahora decimos: esto es así, más no permanecerá así. Pues todo se mueve, amigo mío” dice -de pronto- la desconocida desde su escondite. La cabeza de Lila cae nuevamente entre sus manos, se tapa las orejas. ¿Quién es la dueña de la voz?

Desaceleración de Sofía Jazmín Iglesias



Con la piel erizada al momento en que nombran la categoría en la que estoy nominada. Actriz revelación, dice la conductora moviendo los labios pintados de rojo en combinación con el vestido. Tape de la actriz número uno; retuerzo mis manos que transpiran. Es la primera vez que asisto a los Martín Fierro. Tape de la actriz número dos; mi estómago se vuelve diminuto, todos esperan que gane ella. Tape de la actriz número tres, soy yo; intento poner cara relajada porque me están enfocando. No puedo soportar verme actuar, ni los diez segundos que dura el tape. Lanata en la mesa del costado, le dice a su mujer que no fui la que mejor actuó en esa serie. Y que encima, soy kirchnerista. Mirtha Legrand me mira escéptica a través de la pantalla enorme donde está apareciendo mi cara. Tinelli se saca una selfie mientras Pettinato se lleva un canapé a la boca. La mesera de la diez y la quince hace malabares con una copa de vino que se le termina cayendo, lo que me lleva a acordarme que rompí todos los vasos en casa y tengo que comprar. El hijo de Darín se da vuelta y me mira. Seguro me reconoce de ese taller de actuación en 2004 en el Centro Cultural Munro. Desenredo los dedos y le doy la mano a Miguel. De reojo puedo ver que me murmura algo, pero yo no paro de pensar en la manera que me está bajando la presión. Al fin cambia el plano. Sus dedos rompen el sobre. Siento el ruido crispado de la rotura del papel ensordeciéndome. Mi celular vibra incesantemente. El murmullo alrededor y tantas miradas que me atacan. Puedo sentir cada latido del corazón que quiere salirse por mi garganta y terminan de estallarme los oídos.  Nunca me gusto este ambiente. Lo último que quiero ver es a Miguel, entonces lo miro y cierro los ojos. -Y la ganadora es…

Desaceleración de Illed Huilén Nacucchio

Que a dónde fui, que por qué tardé tanto, que por qué no lo llevé conmigo, me interroga el perro cuando llego a casa. Con la cabeza indica que quiere ir a la ventana, lo sigo, abro y espero a que suba al alféizar. Me siento al lado suyo y dirijo mi vista hacia la calle.
Veo que él está cruzando la esquina. Se detiene frente a la puerta de casa a sacar las llaves del bolsillo del saco. Miro los ojos de Lobito y el tintineo de las llaves me empuja dentro de sus iris, hasta ahogarme en lo que ve: la calle, pero adelante las rejas de la ventana.
El mundo como Lobi lo ve es la libertad a una garra de distancia, interrumpida por esos cañitos negros. Entonces comprendo su obsesión de estar todo el día en la ventana, el anhelo constante de escapar, las ganas de correr desenfrenadamente para desahogar los cuatro años de vivir preso de un dueño. Trato de consolarme con la idea de que “cuando vivía en la calle se cagaba de hambre”. Sin embargo no alcanza. No importa cuánto te mimen y te alimenten, jamás se es feliz cuando se está consciente de ser preso. Y la angustia me rebalsa porque lo entiendo, a mí también me gustaría escapar. Mas no me da la cara para dejar a ese hombre que también está preso, pero de su locura. No siempre fue así, pero la depresión lo empujó al vacío de la enajenación.
De pronto es Lobito quien mira a través de mis ojos. Estoy presa en la ventana, observando la calle angustiada, recordando los días en que era libre y evitaba pensar para no hundirme en el pantano de los problemas. Luego llegó él con tostadas, té de vainilla y un beso de desayuno. En esa época todavía éramos unos pobres ilusos y decidimos convivir, creyendo que jamás nos íbamos a cansar. El fin del amor no existía.
Pero nuestro pequeño mundo, que yo creía de acero inoxidable, se empezó a oxidar tan solo dos años después. Ya no éramos los mismos, la fiebre de amor había bajado y no quedaba mucho para que nos curáramos del todo.

Otro año ha pasado. Su eterno silencio me atormenta cada día más y las respuestas monosilábicas que antes podía aguantar, me dan ganas de vomitar. Pero no puedo dejarlo solo, presa quizás de mi propio temor a la soledad. Escucho las llaves en la cerradura. El metal frío de los grilletes me quema la piel del tobillo y la bola de hierro empieza a hacer fuerza hacia abajo. Entonces caigo de nuevo en mi lugar en la ventana y Mauricio entra a casa.